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Hacer uso de la palabra en un lugar público o hacia un grupo de personas implica algo más que certeza oratoria. Es un ejercicio falible, aun con la inyección de coaching que parecen demandar estos tiempos. Se agrava tal circunstancia para el orador si su mensaje debe versar sobre situaciones en extremo delicadas.

En rigor de algún acierto la historia, antes que el periodismo, rescató expresiones que trascendieron los tiempos incluso con legitimidad, didáctica y otras cualidades. Se insiste: afrontar una audiencia en persona, no desde un texto o una red social, exige fortaleza e implica avatares. Va de suyo que los medios amplificarán los efectos del mensaje.

La familia de Santiago Maldonado afrontó todos estos términos, primero en la conferencia de prensa de Esquel del último miércoles, y nuevamente ayer, al confirmar que reconocieron a su ser querido por los tatuajes en la morgue.

Lo hicieron desde una notoriedad que no esperaban ni desearon hasta hace pocos meses, dijeron lo suyo respecto de varios puntos del caso. La lección apta para todo público y gratuita comprime al gobierno, dirigentes políticos, Poder Judicial, los medios, periodistas y siguen firmas. A los Maldonado les hace trizas el alma su dolor intransferible, suena obvio pero es vital considerarlo.

“Si no saben qué poner, pongan música”, nos dijo Sergio Maldonado y no apeló a un recurso radial, fue una clara metáfora que se extiende también a quienes jugaron humoradas miserables con tardíos pedidos de perdón u otros que se aventuraron a dictar sentencia o exposición de fiscal en el nombre de lo inaudito.

Certificamos que no nos sentimos fuera de la sugerencia de Sergio, sería hipócrita eximirnos, tampoco nos alivia el considerar el grado de responsabilidades. Cuando duelen los días, no quedan atajos incluso para los caminos más complicados.