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Nada mejor que el barro para cubrir y empantanar aquello que está muy a la vista. En términos mediáticos, el método es más o menos el mismo: filtrar un hecho puntual -romance, coima, delitos varios- a ciertos periodistas con influencia y armar el guión. Este consta de personajes secundarios, un escenario atractivo y cierto anecdotario con algún rasgo de verosimilitud.

Algo así inundó la televisión esta semana con la irrupción de Natacha Jaitt en la investigación de abusos y prostitución de menores en clubes de fútbol. El hecho delictivo pronto evidenció vínculos con la farándula, algo irresistible para la pantalla chica y sus derivados, las temibles redes sociales.

Fue desde Twitter que Jaitt disparó sus peores dardos, involucrando a periodistas, conductores y deportistas. La viralización fue inmediata, al punto que Mirtha Legrand la invitó a su programa dándole, quizá sin saberlo, un aval. La verborragia de la morocha se llevó puesta a la animadora más experta de la tevé y generó un revuelo que concluyó con su escandalosa huida de Comodoro Py, donde el fiscal Delgado le hizo preguntas sobre los famosos nombres que ella clamaba como involucrados en casos de pedofilia.

Del otro lado, los aludidos indignados dedicaron horas de sus programas a defenderse y desacreditar a Natacha, señalando además a Legrand como "cómplice de una operación de los servicios de inteligencia". Por qué, con qué objetivo, qué evidencias existen de las acusaciones de ambos bandos, desconocemos. Pero el lodo ya cumplió su objetivo.

Otro ejemplo insólito se dio en el Congreso, cuando la exposición del ministro de Finanzas, Luis Caputo, terminó de forma escandalosa, en medio de un griterío de legisladores opositores como locos porque al funcionario se le ocurrió mandarle un innecesario (¿e inocente?) papelito con un mensaje a Gabriela Cerruti.

Los insultos y el revuelo crearon el clima ideal para que Caputo se escapara de la inquisitoria de la Comisión Bicameral de Seguimiento de la Deuda. Nadie recordará qué dijo sobre el tema para el que había asistido, sino el enojo de los diputados, el papelito, los repudios en las redes y chau pucho. A otra cosa. El barro es infalible.