Duhalde inmortalizó una frase que sonó a sincericidio. 

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En la infancia de la generación setentista (la del modelo nac&pop), el “tirano prófugo” y su maldito engendro estaban borrados de los manuales de historia y de los discursos oficiales. Nuestra cultura, custodiada por los masones del partido militar, era demoliberal. Con el “virrey” Onganía, católico practicante, pasó a ser “occidental y cristiana”.

La contraparte de ese modelo cultural fue monopolizada por el marxismo-guevarismo. Al justicialismo, penetrado desde la izquierda, no se le reconocía modelo cultural propio. La derecha lo repudiaba por plebeyo y antidemocrático; la izquierda, por el cine de “teléfono blanco”, pese a que Mirtha Legrand era idolatrada en Cuba por sus filmes, los únicos que podía importar la isla bloqueada.

Con el abrazo a Balbín, el Perón del retorno simbolizó el cambio cultural que hoy aspiran a heredar los aprendices que lo acusan de “populismo”. La “cultura letrada” que Cristina adora le respondió: “Cuanto peor, mejor: que venga la dictadura”. A fines de los setenta, la “plata dulce” de Martínez de Hoz redundó en “beneficio cultural para la clase media, que pudo viajar al exterior”, según el ex ministro de Videla.

En el gobierno de Raúl Alfonsín, el Club de Cultura Socialista razonaba que la renacida democracia no era fruto de una evolución cultural, sino de la derrota de la dictadura en Malvinas. El fracaso del alfonsinismo instaló la cultura en el discurso de los políticos que preferían no hablar de otros temas.

Hasta un Menem, ya sin melena ni patillas, lamentó el “stalinismo” de “una personalidad destacada” como el novelista ruso León Tolstoi. Pero, al morir Tolstoi, Stalin tenía 38 años, estaba preso y faltaban aún 7 años para que los bolcheviques tomaran el poder. El hiperprotagonismo de la cultura inspiró a De la Rúa para culpar a Tinelli por su patético final: “Cuando fui a su programa -dijo-, pagué por mi buena fe”.

La crisis de 2001 resucitó al Discépolo de la “mishiadura” preperonista. Con Cristina, se festejó “el acceso a la cultura” como uno de los “gestos redistributivos” de su reinado. Mientras, de la enseñanza media egresaban semianalfabetos y el sistema educativo argentino caía debajo de Chile, Perú y Brasil.

La contrapartida de la “grieta”, ahora, es la cultura del “diálogo”. A todos nos llegará el turno de hablar, aunque muchos deberán seguir esperando a ser escuchados. Tal vez la definición más certera sea la de Eduardo “Tachuela” Duhalde:Soy parte de una dirigencia de mierda que ha fracasado”.