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La corrida financiera que lleva dos semanas instalada en el país rompió mucho más que los planes económicos y políticos de Cambiemos. Rompió el mensaje y la construcción del país que el oficialismo llevaba tres años logrando dominar. El decir la verdad aunque duela fue una de las banderas del presidente Mauricio Macri, que tomó mayor valor en la comparación frente al kirchnerismo, que eliminó las mediciones auténticas del INDEC y dejó de medir la pobreza.

El éxito en esa categoría fue clave para transmitir que el ajuste de las tarifas era necesario para tener un servicio mejor y una economía más ordenada, o que los despidos eran menos que los nuevos puestos de trabajo, y formaban parte de la transformación del esquema productivo nacional.

Con la corrida financiera y el regreso al FMI se dio de baja el discurso del crecimiento, sustentado sobre un dato evidente e incontrastable: los siete trimestres consecutivos de mejoras. Si todo estaba mejor, si las reservas eran fuertes, si había confianza internacional, ¿porqué hay que ir al Fondo?

Las respuestas ensayadas hasta ahora hablan de una normalidad que la realidad desmiente en forma demasiado evidente. Decir que no habrá ajuste o que la decisión se tomó puramente como una forma de evitar un mal mayor choca de plano con los hechos. Y las percepciones.

En ese sentido, la falta de una comunicación auténtica puede obedecer a dos situaciones: o lo que viene es demasiado malo para poder decirlo, o se desconoce. Para muchos dentro del propio gobierno, el futuro pasó a ser una gran incógnita. Otros temen lo que pueda venir, y toman sus recaudos. Miden hasta dónde se puede ajustar, y a qué precio.

Mientras tanto, la ausencia de una explicación de la realidad que dé certezas, un "va a doler el ajuste, pero nos va a servir para tal objetivo", deja vacante esa construcción, que la oposición y el pasado no tan lejano ocupan. Más allá de lo económico, Cambiemos tiene también esta prueba de fuego: encontrar la forma de comunicar una realidad que vuelva a ser aceptable para millones de argentinos. O resignarse a repetir viejas historias.