@AnaliaCab 
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Como fanática consumada de "Los Simpson", esta periodista no puede dejar de encontrar fácilmente bizarras coincidencias entre aquel universo animado y la realidad nuestra de cada día. En uno de sus episodios legendarios, Marge Simpson empieza a trabajar en una inmobiliaria, un ambiente de competencia feroz. Le encargan vender una casa embrujada y ella no entiende por qué no debe mencionar este detalle a los potenciales compradores, ya que es una mujer sincera y transparente.

Su jefe le dice entonces que existe la verdad y "la verdad", marcando una diferencia entre los hechos comprobables y lo que podríamos llamar "relato". Para los que utilizan frecuentemente las redes sociales, sobre todo Twitter, el término "troll" es popular: usuarios generalmente anónimos o con nombres inventados que agitan discusiones, fomentan debates y opinan fuerte.

Aunque este tipo de personajes existe hace tiempo en los foros de Internet, la tuiterización de la política generó el concepto de "ejército de trolls" que, dicen, cada partido tiene como grupo de tareas virtual. Lo que en principio no tendría nada de malo y forma parte de los nuevos códigos comunicativos, se está convirtiendo en algo nocivo.

Basta que alguien con muchos seguidores y buen manejo de esta dinámica largue un rumor para que éste se viralice hacia el infinito, sin que nadie se detenga a pensar en su veracidad o en su potencial influencia negativa en muchas personas.

Se instalan temas, se ensucia a gente, se distrae al público con discusiones intrascendentes y hasta se testean opiniones de manera solapada para después aducir, según resulten las conclusiones, "nunca dijimos eso" o "no sabemos de dónde salió ese rumor".

A riesgo de caer en la cursilería de citar a Perón, la única verdad es la realidad y de eso carecemos los argentinos, ya que estamos en una suerte de laberinto de espejos en que un concepto se replica tantas y distorsionadas veces que cuesta saber cuál es la imagen original y real.