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@luisautalan

Transitamos los ecos de la victoria de Cambiemos, en virtud de la energía que recibió el presidente Mauricio Macri a través del voto popular, en ribetes altísimos dentro del recorrido, que abarca desde 1983 hasta la fecha. El hecho incluye la necesidad oficial de considerar, para traccionar su mandato, también los sufragios que no respaldaron este modelo de gestión en las urnas.

Aunque parezca "obvio", prevalece considerarlo elemental. Se nos ocurre pensar que si la propuesta es cumplir sueños y cambios, urge evitar el ejercicio del odio, obligación tácita para los derrotados. Y no se trata de descubrimiento alguno, ciertas cuitas llegan en desarrollo de la veteranía más que por sapiencia, al ejercicio de evitar errores como fenómeno cíclico.

Entre las contradicciones de las mieles del poder suele germinar la soberbia, sobran ejemplos que no tienen visos de justificación en cuanto a lo adictivo de poder decidir con amplio margen de repercusión. Las obligaciones subyacen para el electorado, cuyo rol de guardián de la democracia es vital. El domingo algunos candidatos derrotados apelaron a considerar en su felicitación de rigor a vencedores que "no se recibe en la victoria un cheque en blanco" ni "deben interpretarse las urnas respecto del resultado que nos toque en suerte", palabras saludables.

Al considerar que nuestra clase gobernante/dirigente no emana de galaxia lejana alguna, sino del espectro social que nos cobija, dejamos nuestra moción para que el odio de origen futbolero respecto del "no existís" o los minutos de silencio para fulano o mengano que "está/n muerto/s" dejen de maquillar, sin éxito, la práctica del odio. Vale considerar que los triunfos, las derrotas y hasta la soledad dejan enseñanzas, replicarlas en el bien común es menester si somos legítimos.