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En la edición de Crónica del 15 de agosto último, advertimos que el país estaba "en el tobogán del bipartidismo". Dos días antes, las PASO habían registrado una fuerte polarización entre Cambiemos y Unidad Ciudadana, que los comicios generales del 22-O no harían más que confirmar.

El Frente Renovador asociado a Margarita Stolbizer, casi la única de su pequeño partido libre del virus antiperonista, sufrió el drástico achicamiento de la "avenida del medio". Sergio Massa reconoció que "no hay espacio para una tercera fuerza". Instalados en el centro de la escena, hoy macrismo y kirchnerismo se disputan violentamente la supremacía política pivoteando sobre los peores y respectivos excesos: provocación sediciosa de un lado y  represión indiscriminada del otro.

Igual que en aquellos años a sangre y fuego que, de 1973 a 1976, precedieron a la gran carnicería de Estado, ahora minorías violentas desplazan a la mayoría e imponen una horrible disyuntiva: oposición K (con ayuda de la ultraizquierda) u oficialismo amarillo. La postal de Elisa Carrió negociando con La Cámpora, el cierre de la sesión, mientras afuera arreciaba el ensayo general de una próxima batalla callejera quizás peor, sugiere que seguimos girando en la órbita de nuestro peor pasado.

Si Mauricio Macri es la dictadura, como recita el fanatismo K, Cristina Kirchner es la democracia. Si Cristina es la violencia populista, como dice el manual ecuatoriano, Macri es Mahatma Gandhi. La mayoría sabe que no es así, pero el retroceso del Frente Renovador debilitó la esperanza de una alternativa democrática, de corazón peronista y cerebro modernista.

El 22-O nos legó una riesgosa dicotomía, cuyo primer fruto es el incremento de la violencia política y social: el docente con el ojo vaciado por una bala de goma el jueves último y la policía asesinada por infractor vial el fin de semana, son muestras recientes de una espiral que trasciende a la política, pero la penetra gracias a la porosidad de un Estado incapaz de prevenir.

El desfile de presos K, lejos de mermar el protagonismo de la barbarie cristinista, la nutre con el resultado de una sencilla comparación: si los "ex" pueden entorpecer la mano de la Justicia, más pueden los que están en funciones. ¿Dónde estarían el Presidente y varios de sus funcionarios y empresarios amigos y familiares, de ser tratados con la "doctrina Irurzun"?

El Estado disfuncional potencia esta polarización tóxica. Argentina necesita zafar de la falsa opción entre los amarillos y los K. Un día como hoy,  Juan Domingo Perón aconsejaría: "Desensillar hasta que aclare".