Por más sencillo que parezca, no siempre resulta fácil ver lo que se tiene adelante de los ojos. Cuántas veces cantamos a grito pelado la letra de una canción compuesta en otro idioma sin saber qué estamos diciendo y, una vez que nos topamos con el subtitulado del tema en cuestión, reculamos en chancletas y empezamos a silbar bajito.

"Run for your life" de Los Beatles, con Lennon diciendo que preferiría ver a su chica muerta que con otro hombre y recomendándole luego que corra por su vida es un ejemplo extremo, al punto que el propio autor confesó en 1970 que odiaba esa canción. Aunque en realidad ese odio tenía más que ver con que había tomado esas líneas de "Baby let's play house", un tema que hizo famoso Elvis, y no tanto por el contenido en sí, pero no es cuestión de ir sobre el bueno de John cuando no puede defenderse. 

Esta curiosa particularidad de no notar lo que se tiene enfrente también puede darse en situaciones cotidianas de la vida laboral, como la que le ocurrió hace poco a un amigo que estuvo penando seis días seguidos con una empresa de sistemas ubicada al otro lado del océano. También en la casta más alta de nuestra bendita clase política y, por consiguiente, en sus leales seguidores en tiempos de coronavirus

Pero no es cuestión de arrancar golpeando en la quijada a algún desprevenido cual émulo del ahora regresado Mike Tyson en sus dorados años '80. Así que el comienzo será con una breve reseña de lo que le ocurrió al pobre cristiano al que hoy llamaremos Leandro. 

Aconsejado por otro amigo, en 2016 decidió poner en manos de una multinacional del diseño web su pequeño emprendimiento online. Más allá del error de no apostar en su momento por un emprendimiento local (detalle que le implicó tener un costo en dólares que no aumentó en lo nominal, pero sí varias veces en su valor real en pesos), hoy pena por estar atado a esa decisión cada vez que algo falla en su página.

Ese pesar se ahondó hace unos días. Primero cambiaba cosas en su web y no veía reflejados los cambios. Luego, la cuestión empeoró porque el editor se le colgaba cada vez que intentaba mover determinados elementos. Seis técnicos pasaron con sus consejos en horas y horas de comunicaciones telefónicas. Cada uno con su receta. Ninguna funcionaba. 

El pobre Leandro se planteó borrar cuatro años de un plumazo y arrancar de cero. Hasta que llegó el milagro. El séptimo día, cual obra divina, una señorita dio en la clave al ver lo que estaba adelante de los ojos de todos y nadie había notado antes. El error estaba en el zoom, esa pequeña cosita ubicada arriba a la derecha de las páginas que cuando está al 100% ahora es sinónimo de felicidad plena para mi amigo. 

Para algunos parecerá una historia trivial y otros se sentirán identificados, pero es un simple ejemplo de una situación que, cuando se piensa a nivel país, se vuelve grave. No ver lo que está adelante de los ojos puede ser peligroso cuando esa hipermetropía tiene como protagonistas a dirigentes políticos, comunicadores y trolls, sean del color que sean. Eso, por decantación, en Argentina derivó en una nueva e impensada grieta entre los pro y los anti cuarentena por el coronavirus.

¿Se puede estar a favor o en contra de una cuarentena? Quienes tratan de caminar en la vereda de Donald Trump o de Jair Bolsonaro y siguen sus pasos, seguramente considerarán que sí. Y a viva voz dirán que hay que estar en contra como más de una vez lo hicieron los líderes de Estados Unidos y Brasil en el último tiempo. 

Los más de 101 mil muertos en el Gigante del Norte y los cerca de 26 mil de su discípulo del Sur ponen a ambos países a la cabeza y en el sexto puesto de las tumbas cavadas gracias al Covid-19. El número de contagios, en tanto, los ubica en los dos primeros sitios de un triste podio con 1,71 millón y 412 mil casos, respectivamente. 

Aunque son cifras que tienen su lógica cuota de ficción debido a la ausencia de pruebas de diagnóstico a toda la población a lo largo del mundo. Y también son relativas porque si se toman los decesos por cada 100.000 habitantes, según los datos de la Universidad John Hopkins, los países más afectados serían Bélgica (con 81,64), España (57,95) y Reino Unido (55,87).

¿Cómo actuaron cada uno de estos tres países cuando les llegó la pandemia? Con una cuarentena a destiempo. Como ejemplo vale la declaración de Erika Vlieghe, presidenta del grupo de expertos belgas responsable del plan de desconfinamiento, quien hace unas semanas confió en una entrevista que tienen previsto volver a confinarse ante una posible segunda oleada del coronavirus para no repetir la traumática experiencia de marzo. 

De España ya se escribió suficiente y del Reino Unido basta con recordar que tuvo que infectarse el primer ministro Boris Johnson para que el gobierno británico cambiara su postura sobre el coronavirus. O detallar que los tres territorios todavía no tienen ganada la batalla pese a la flexibilización de sus aislamientos y día a día siguen peleando por bajar sus cifras de contagios y muertos.

En definitiva, sin pecar del síndrome de la Argentinidad al palo que alguna vez llevó al disco Bersuit, nuestro país tuvo la ventaja de ser un buen observador de lo que estaba adelante de sus ojos al ver qué hacían bien o mal los gobiernos a los que les había llegado antes la pandemia. Con el mundo de frente, Alberto Fernández tomó la decisión de empezar el aislamiento un hoy lejano 20 de marzo. 

Desde ese viernes a hoy hubo aciertos y errores. Pero poner el foco en procuarentena o anticuarentena es, de alguna manera, no ver lo que se tiene delante. Una pandemia, ni más ni menos, que está dejando muertos en todo el planeta y que requiere acciones rápidas, por un lado, pero también meditadas a largo plazo, por el otro. 

No es la única enfermedad existente, es cierto. Y cuerpo y alma van de la mano en cuanto a salud se refiere después de un encierro tan largo, se enoje quien se enoje. Tanto como que la comparación de los números argentinos con los la mayoría de sus vecinos se puede explicar, en gran parte, por el éxito de la medida inicial de una cuarentena decretada cuando el país no estaba preparado para lo que hoy aparentemente está. 

La clave del éxito, y ahora la referencia va para la grabación en vivo de Las Pelotas, está en no solo hacer más saludable (en el amplio sentido del término) el mientras tanto para los miles de argentinos que hace meses no pueden trabajar ni cobrar un sueldo como para los que están cumpliendo sus funciones en condiciones extremas sin poder ver a sus seres queridos por temor a contagiarlos. La cuestión también pasa por pensar en cómo se sale adelante una vez que todo esto termine. 

Mirar lo que está frente a los ojos. Tan simple como complejo.

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