Por Gabriel Calisto
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"Lilita" siempre denunció a todos. Eso la convirtió en referente de la lucha contra la corrupción, su principal capital político, y la llevó a ser una de las co fundadoras y tener un rol importante dentro de Cambiemos.

Por primera vez, Carrió llegaba al poder como auténtico pilar de un gobierno. Al hacerlo, dejó de considerar al flamante presidente como un producto de la corrupta patria contratista. Pero como toda la sociedad lo había acompañado con su respaldo, era un mal a soportar.

Con el tiempo, la diputada marcó a fuego su poder: cada medida que tomaba el presidente y ella rechazaba terminaba en crisis. Sus declaraciones explosivas llevaban al presidente a citarla para calmarla y ofrecerle algún cambio. Era la rutina en la que se evitaba una ruptura y Carrió podía mostrar que había cambiado el rumbo de algo que ella no soportaba.

Es mucho más de lo que podrían decir casi todos los ministros del gabinete. Mucho más que lo que pueden lograr los radicales también. Llegó a ubicar incluso a un hombre de su confianza junto al jefe de gabinete, Marcos Peña.

Así se convirtió en una vocera clave. Carrió anunciaba que De Vido terminaría preso, lo que sucedió. Y extendió ese poder a otras áreas, aunque sin tanta precisión: en medio de la corrida cambiaria, prometió desde la Casa Rosada que "el dólar se queda en 23 pesos". Puede fallar. O que "el ministro Aranguren me explicó que las tarifas ya no van a subir". Tampoco acertó.

Los escándalos de corrupción que sacudieron Cambiemos también tuvieron su rutina: Carrió evitaba medios no aliados para no tener que responder preguntas incómodas, pero se permitía lanzar sus críticas. Así pasaron la disputa por la deuda del Correo Argentino, el decreto que habilitó a familiares de funcionarios a blanquear dinero cuando una ley del Congreso lo prohibía, y también el escándalo de los aportantes truchos en la campaña del oficialismo. Nunca la volcánica diputada armó una crisis en esos temas.

Hasta que llegó la semana pasada. En 24 horas, el ministro de Justicia cuestionó el exceso del uso de la prisión preventiva (por la que están presos casi todos los kirhcneristas y numerosos empresarios sospechados de corrupción), echaron de la AFIP a tres funcionarios que ella había defendido puntualmente en una reunión con el jefe de la entidad, y no logró quórum para asumir en una comisión bicameral del Congreso que controlaría a los fiscales y sus investigaciones.

Lo que detonó su ira fue, finalmente, que el mismísimo Macri haya ordenado los despidos. La causa no era menor: los tres habían elevado un informe con las inconsistencias de las cuentas de Ángelo Calcaterra, el primo del presidente y quien maneja las empresas del Grupo Macri.

Carrió apuntó a Garavano y reclamó su cabeza. Macri la desairó no acompañando su exigencia. Entonces Lilita fue directamente contra el presidente. Pero tras una semana entera de tensión volvió a soltar la cuerda. Que se doble, pero que no se rompa. 

El devenir de su rol en Cambiemos marca que en algún momento, el dilema será demasiado fuerte: o Carrió denuncia la corrupción de su propio espacio y termina en otra ruptura más en su carrera, o se convierte en lo que siempre criticó: alguien que elige el silencio para no dañar un programa político del que se siente parte.

Esto recién empieza.