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@javiercarrodani 

Hace varios años, allá por la década de los 90, el capocómico Antonio Gasalla creó el personaje de Flora, la empleada pública, que nunca perdió vigencia pese al transcurso del tiempo. El personaje se inspiró, claramente, en una fama nada halagadora, que ya por entonces tenían los empleados públicos, en especial los encargados de atender a la gente que concurre a hacer diversos trámites.

Mala predisposición a contestar preguntas o aclarar dudas; pocas ganas para desplazarse a buscar algún papel; tolerancia cero si la persona en cuestión no conoce exactamente y en perfecto orden los pasos burocráticos a cumplir son, entre otras, las características que se han instalado en la opinión pública.

En gran medida, esto se debe a conductas en las que habitualmente incurren muchos agentes y que se le terminan endilgando a la administración pública en general, con el alto grado de injusticia que eso representa para todos los empleados estatales que ejercen su tarea con diligencia, responsabilidad y aptitud acordes a las tareas que desempeñan.

De otro modo, el Estado directamente no podría funcionar. Lo hace con grandes deficiencias, es real, pero si no contara con al menos parte de su personal que día a día cumple con sus obligaciones, estaría directamente paralizado. Acuerdos con el FMI mediante y con la necesidad de nivelar las cuentas fiscales, el gobierno nacional lleva adelante un lento pero progresivo recorte de personal en diversas áreas, donde en muchos casos terminan pagando justos por pecadores.

En general, los desvinculados son empleados contratados por tiempo determinado, a los cuales no se les renueva el vínculo, más allá de que hayan sido eficientes trabajadores. Muchas veces se hace esto porque, en las mismas áreas donde se desempeñan esos contratados, también hay empleados de planta permanente -en general con varios años de antigüedad- que por ley no pueden ser despedidos salvo que incurran en un acto de indisciplina que lo justifique.

Eso los pone a resguardo aun cuando trabajen poco y nada. Esto en algún momento debería reverse. Una cosa es una conquista laboral justa y otra, un privilegio que le suma un elemento más al desprestigio del empleo público.