Por Alicia Barrios
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Bergoglio es un hombre cercano, cálido. Es cariñoso, con un sentido del humor único. Inteligente. Tiene carácter fuerte. Temperamento. El don de la autoridad, que no es lo mismo que ser autoritario. Desde este lugar defendió al obispo Juan Barros y si habló de calumnias hacia su persona es porque sabe eso que dice.

A Barros lo acusa un grupo de laicos, que no son una diócesis, de haber encubierto los aberrantes actos de pedofilia de monseñor Karadima. Es probable que Barros haya sido un incondicional servidor, que pudo haber llevado adelante la investigación y pruebas que acompañaron la conducta delictiva, obscena, de Karadima. En medio de una jerarquía eclesiástica encubridora, corrupta, burocrática y de espaldas a la Biblia, sin duda la vida del obispo Barros corría peligro.

Aquí está el porqué del silencio. Bergoglio sabe. Conoce el paño. No se quedó callado y salió a defenderlo.

Cuando Su Santidad percibe algo que es la voluntad de Dios, avanza sin parar. Nada lo detiene. Por eso, este viaje a Chile y Perú adonde cierra la región andina. Francisco curó heridas de los fieles por la indiferencia de la cúpula eclesiástica chilena. Sembró esperanza en los corazones.

Conoce a fondo la situación de Iquique, de los pobres, de las tomas, por eso allí, en su despedida, dijo lo que pensaba, sin temor. Francisco celebró en el desierto con la conciencia de la pobreza y desigualdad, que la política chilena mal llamada de izquierda o derecha pisotearon, aplastaron, ahogaron durante años. Lo peor que les pudo pasar fue que Francisco mostrara al mundo que no son la sociedad perfecta de Latinoamérica con que quieren engañar.

El mensaje de Francisco los llevó al paraíso de las almas buenas a los pobres, marginados y descartados. Alentó a la Iglesia comprometida a seguir siendo acogedora, misionera. Quedaron todos en estado de gracia.

Salieron de sí mismos para servir y encontrarse con el otro como hermanos. Arengó a los jóvenes: "Hablen, no se dejen callar, ayúdennos a que la Iglesia no sea la Santa Abuela Iglesia". Tampoco se calló con los obispos: "Digámoslo claro, los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados, no tienen que repetir como loros lo que decimos". Les recordó algo fundamental: la Iglesia no es ni será nunca de una elite de sacerdotes u obispos.

Francisco pasó como un huracán. Un día será Santo.