Por Alicia Barrios

"Bergoglio Orgoglio” (orgullo) es la leyenda en las pancartas de los fieles en la Plaza de San Pedro. La gratitud del pueblo italiano es infinita. Este martes, en el día del Pontífice, para todos los habitantes de esta tierra debería ser una alegría infinita tener un papa argentino. Ni mas ni menos que la presencia de Dios en la tierra.

Las injurias y ofensas no se contestan. De todos modos, al líder espiritual de la humanidad hay periodistas aquí que lo agravian e insultan con una ligereza espeluznante. Todos son analfabetos de la Biblia y la Doctrina Social de la Iglesia.

Monseñor Oscar Ojea dijo una gran verdad: “Al Papa se lo critica, se lo descalifica, el Papa no responde, es un mal deporte estar continuamente marcándole cosas que no son ciertas ni verdaderas”.

Jorge Bergoglio no es un empleado del poder de turno, como tantos de sus detractores, que responden a intereses económicos poderosos que especulan con la muerte, las vacunas, la pandemia. Francisco tiene la mirada puesta en el día después. Es como en las inundaciones, adonde el agua arrasa con todo y cuando baja uno se da cuenta de la calamidad que quedó.

Para ese tiempo hay que estar preparado, poder hacer frente a las ruinas. Los duelos. La única forma es con un espíritu fuerte y entre todos. Nadie puede ni podrá solo con esto.

A esos argentinos mal intencionados, que intoxican a la opinión pública como una nube nuclear, les va a llegar el tiempo de dar explicaciones. Millones y millones de personas en el mundo no se olvidan del 27 de marzo, cuando Bergoglio, acompañado por la virgen de la Salud del Pueblo Romano, el Cristo de la Peste y su fe, atravesó la plaza de San Pedro para bendecir al mundo exhibiendo el Santísimo.

El obispo vestido de blanco, como Fátima lo había anunciado, estaba allí solo y su alma, pidiendo por el milagro del fin de la peste.

Millones de ojos de todo el mundo siguieron esta ceremonia, penetrados por la fe y húmedos de emoción. En ese tiempo fue el Papa argentino el único que cargó con el drama de la humanidad en sus espaldas. No tan sólo eso: le puso el pecho y dio la cara.

Francisco es el Papa de todos, es un poeta de la Biblia que defiende a los pobres. Quienes no lo reconocen, están locos, enfermos de furia por defender esa causa perdida que es lo indefendible. Francisco profesa el amor y no el odio.

Hoy en la fiesta de San Pedro y San Pablo, en homenaje a Pedro, que fue el primer Papa, en el corazón de Bergoglio flamea la bandera argentina y sus pupilas se tiñen de rojo, reflejadas por el recuerdo de las fogatas de su barrio de Buenos Aires. Desde el alma.

Por A.B.

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