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Hay un riesgo país que se mide con el EMBI (Emerging Markets Bond Index) y fue creado por la firma internacional JP Morgan Chase. Se vislumbra que existe otro, de rango humanitario, social y político, echando mano al ejercicio del poder sin denostarlo como eje de todos los males.

Desde brotes democráticos con algo de tierra fértil, en una Argentina arrasada por una conjunción de males, hubo un punto de inflexión en 1983. Sin embargo, la tentación de jugar a la ruleta rusa con el riesgo país político sigue marcando historias desde 1810 hasta la fecha.

A la vera de la grieta, el kirchnerismo pagó caro su vocación al consumo como herramienta de sanación y el ejercicio de confrontar, en luchas simultáneas incluso. En esa traza que divide, sin respeto incluso a los coreanos del centro (jerga periodística que intenta descalificar a quienes no asumen vereda), consideramos que este gobierno, y el presidente Mauricio Macri desde ya, apela a delicados juegos de poder, ya sea en el caso del policía Luis Chocobar, para felicitarlo, o en el desdén a los familiares de los 44 tripulantes del ARA "San Juan", por citar un par de casos donde la actitud parece ser dirigida desde el efecto posterior y no en razón de voluntad sin medida.

Respecto del caso Chocobar, nos excede la magnitud del drama, postal de los días que se viven desde hace tiempo en materia de inseguridad. Para los seres queridos de los submarinistas, se nos ocurre que al menos merecían la piedad, que viene desde la Grecia antigua, en pos de honrar a los fallecidos.

Asoma cruel la consecuencia de que en presente y en pasado el riesgo país de jugar con situaciones, palabras y seres humanos se asuma y detone desde principios que no deberían parecer utopías, pero cada vez se asemejan más a tal concepto. Y en ese riesgo país no económico se hacen trizas bases que deberían quedar a salvo de la grieta que fuere, en honor a la palabra empeñada, no al coaching.