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@JavierCarrodani

Ayer por la mañana, consultado por la creciente demanda de dólares registrada en la última semana, que obligó al Banco Central a intensificar las ventas de divisas y a subir tres por ciento la tasa de interés de referencia, para evitar una disparada en su valor, el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, planteó que los argentinos "tenemos que ponernos menos nerviosos cuando se mueve el tipo de cambio" y que hay que acostumbrarse al sistema de flotación en la cotización de la moneda estadounidense.

Lo que dijo el funcionario es atendible, pero a la vez muy difícil de que se concrete en la práctica. Es un problema que arrastra muchos años más que el atraso tarifario de los servicios públicos. En las últimas cinco décadas, varios gobiernos destrataron el peso argentino.

A veces aplicando políticas inflacionarias y otras devaluatorias frente al dólar, con el fin de licuar déficits y deudas del Estado. Eso inexorablemente llevó a que los argentinos -los que pueden, claro- repudiaran su propia moneda -a la que le quitaron 13 ceros- y buscaran un refugio en la compra de "verdes". 

Por algo desde mediados de los ‘70 las operaciones inmobiliarias se pactan en dólares. Los cientos de miles de millones acumulados por argentinos en el exterior dan prueba también de la desconfianza absoluta en el sistema económico y financiero del país.

En ese contexto, que el propio Dujovne, como otros funcionarios de un gobierno que busca por todos los medios generar confianza a los mercados, tenga buena parte de su patrimonio en el exterior habla a las claras de una contradicción prácticamente insalvable. Ya se ha dicho, pero corresponde insistir en que la decisión de apostar al futuro del país empieza por los argentinos que tienen la posibilidad de repatriar capitales y ponerlos a trabajar en emprendimientos productivos, ya sea directamente o a través de bancos que a su vez financien proyectos. Otro camino parece que no hay.