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@lucianobugner

La unidad simbólica se terminó de sellar el 12 de junio con la famosa foto del café entre Alberto Fernández y Sergio Massa. Ese cierre significó la inclusión del Frente Renovador, del kirchnerismo y del peronismo (como sectores mayoritarios) en lo que pasó a llamarse Frente de Todos. A partir del 11 de agosto, tras una victoria en las urnas que pareciera va a repetirse el próximo 27, la alianza liderada por Alberto se convirtió en una bola de nieve que al paso se agiganta, y que abre el interrogante sobre cuántos trajes habrá para repartir en el interior de Balcarce 50.

En política se dice que un presidente empieza en funciones con los mejores ministros, continúa con los que puede y termina con los más fieles. Algo de ello tuvo Mauricio Macri, quien arrancó con “el mejor equipo de los últimos 50 años”, pasó por las reducciones de ministerios a secretarías y terminó, a modo gráfico, con la firme resistencia de Marcos Peña.

“Si yo tengo que armar el gabinete hoy, lo armaría con mis amigos”, repite Alberto hasta el hartazgo. En boca del candidato, a la fecha, no salió ningún nombre, pero sí la confirmación del regreso de carteras que bajo la gestión de Cambiemos pasaron a menor rango. Por eso se engrosa la lista de futuros funcionarios.

Desde el lejano anuncio de su candidatura, el ex jefe de gabinete kirchnerista se mostró con gobernadores e intendentes de distintos orígenes políticos; amplió el abanico hacia referentes de diversos espacios; unió a dirigentes gremiales históricamente enemistados, y hasta habló con ex funcionarios que en el último tiempo habían pasado al ostracismo, como es el caso de Florencio Randazzo.

Y para que mayor sea el cóctel de apellidos, Fernández dialoga de buena manera con actuales ministros y con candidatos rivales.

Es por eso que la batería de nombres para conformar el eventual gabinete pareciera no tener fin. Es la génesis misma del frente que, tras negociaciones y favores, dejará, desde el 10 de diciembre, heridos y disconformes.