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@LuisAutalan

Desde hace décadas las consultoras u observatorios deberían ofrecer informes sobre la devaluación de la palabra, empeñada o esgrimida. También los dichos populares acusan un deterioro similar. Su dudosa eficacia viene de lejos y exponerlos en el presente suele dejar a interlocutores en incómoda posición. El ministro de Energía, Juan José Aranguren, apeló al tópico de que “el que se quema con leche ve una vaca y llora”, para ilustrar sobre los motivos por los cuales parte de su patrimonio se encuentra fuera del país, a la espera de que Argentina germine en confianza.

Al menos en la entrevista radial (89.9) que le concedió a Ernesto Tenembaum y Gustavo Grabia, el funcionario llegó a solicitar que no se lo “chicaneara” respecto de ese hecho que consta en su declaración jurada. Pues bien, en una semana donde se discute con rigor científico, en menor medida, y en grandes tramos a punto tertulia sin el menor atisbo de pensamiento crítico, sobre la baja de la pobreza, bajo el mismo paradigma del llanto frente ejemplares vacunos, algún memorioso le podría haber expresado a Aranguren que los sobrevivientes a modelos liberales tienen motivos, en el mundo y en nuestra tierra, para experimentar congojas, sin chicanear, claro.

Pruebas sobre la mesa, incluso antes de dejar brotar sus lágrimas, ese segmento crítico podría citar nada más y nada menos que a un premio Nobel de Economía: Joseph Stiglitz. “El 90% de los que nacen pobres mueren pobres, por inteligentes y trabajadores que sean, y el 90% de los que nacen ricos mueren ricos...”, acuñó en letras de molde ese experto.

Si de datos duros se trata, aquí existe una muestra que condimenta el fondo de la cuestión. ¿Es osado que Aranguren se haya expresado con sinceridad? Pues no, describió su certeza, libre de coaching, marketing, sin apelar a arsenal de slogans alguno. Sucede en cambio que ya no representa a empresas, encabeza un ministerio clave.