En un extraño país, Argenchina, reinaba un hijo de inmigrantes enriquecidos con la obra pública. Mauricio I, el soberano, pese a tan regia prosapia, había logrado que mucha gente pobre creyera en sus promesas. Para esto, recibió valiosa ayuda de la marquesa de El Calafate, de quien heredara el trono.

Los desatinos de la marquesa, con su corte de abuelas, madres, hijos, amigos de los hijos, cuñadas, nueras, lenguaraces y esbirros, habían causado tal rechazo en la sociedad que la esperanza de muchos pobres acabó refugiándose en brazos de Mauricio. Además, por egolatría y astucia política, ella ayudó a que Mauricio derrotara al aspirante al trono de su propio partido. La marquesa no quería intermediarios en su disputa con el soberano.

El oráculo político convenció al rey de que la oposición de la marquesa podría beneficiarlo. Actos como negarse a entregarle el poder, el día de su coronación, probaban que esa mujer sólo podría conservar a una minoría de fieles, el tipo de rival que su Majestad necesitaba para gozar de un largo reinado.

Pero, a veces, el rey temía que los jueces que hostigaban a la marquesa algún día se volviesen contra él, su familia y sus amigos. Se preguntaba si familia y amigos no harían con su gobierno lo mismo que habían hecho siempre, con todos los gobiernos: sacar el mayor provecho posible y después subirse al carro del siguiente mandamás.

En sus peores momentos, el rey recordaba versos de una vieja canción nativa, el tango, que le habían hecho escuchar como castigo: "Niño bien, pretencioso y engrupido/que tenés berretín de figurar". También le reprochaba que "siempre hablás de la estancia de papá". En su caso, la estancia era de mamá, mientras que papá era devoto del Sacro Paraíso Fiscal, donde el futuro rey alguna vez había comulgado.

Otra mujer, la tía Lilita, solía atormentarlo. Era la madrina de su reinado; sin ella (y sin la marquesa), no habría podido vencer a su rival en la disputa por el trono. La tía, de gran crucifijo en pecho y verba puritana, según el corrillo de la corte, padecía trastorno bipolar de la personalidad.

Su celo anticorrupción apuntaba a los amigos de la marquesa, pero de pronto también caía sobre decisiones y amistades de su Majestad. Cuando Mauricio estaba aún lejos del poder, la tía solía decir cosas muy feas de él y su familia. Escudada en su trastorno, podría ser una conspiradora.

El rey consultó al oráculo. "Invita a la tía a bailar el tango que tanto odias", dijo el oráculo. "Bien, pero que sea el último", respondió el rey.