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Fue uno de los temas de este jueves en redes sociales y medios de comunicación, pero es asunto de todos los días en miles de hogares que están lejos de la ciudad y sufren en silencio. El caso de la nena salteña de 10 años, embarazada por su padrastro violador, nos sacudió violentamente porque es una cachetada a la pretendida modernidad porteña -al menos en lo discursivo- y nos da un baño de realidad muy doloroso.

Mientras algunos discuten si las actrices deberían ir vestidas de verde a la próxima entrega de los Martín Fierro (!), como símbolo de apoyo a una ley de aborto legal, en aquel lejano norte se sucedían varias aberraciones. Primero, el ultraje por parte de esa bestia con apariencia de hombre que abusó de su hijastra, una niña.

Segundo, el de su madre, ciega ante lo que suponemos debería ser evidente: el padecimiento de su hija y una panza de casi seis meses de embarazo. Luego, el Estado que no parece entender que hay una nena destrozada en su intimidad y cuyo futuro está arruinado, pero también corre peligro físico.

Cuesta imaginarse un cuadro de situación más atrasado culturalmente que ése. Sólo la presión mediática, al llegar esta noticia a los canales de alcance nacional, obligó al gobernador de Salta a tomar cartas en el asunto y habilitar el aborto no punible para ella, que ya va por su semana 19 de gestación.

Pero para entonces, otro tentáculo de ese pulpo que es un sistema disociado de la realidad había entrado en acción: la "asesoría de menores", que por ley actúa en estos casos, de algún modo se las ingenió para que esa señora que no sabía lo que pasaba en su casa y la nena que sufrió la peor de las agresiones físicas y morales ¿decidan? seguir adelante con este embarazo surgido de la perversión.

Todos contentos, se cumplió la voluntad de Dios. En unos días olvidaremos este caso, apenas un botón de muestra de lo que sucede todos los días lejos de Twitter, y allá en el norte argentino una chica rota por dentro dará a luz en un hogar que no le ofreció la protección necesaria.