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@AnaliaCab

En los tiempos difíciles se puede ver la esencia de una comunidad: la unión de un pueblo y la respuesta de sus dirigentes ante la crisis. La todavía incierta odisea del submarino ARA “San Juan” representa lo peor de nosotros a todo nivel.

Como pasó con el caso de Santiago Maldonado, el descrédito del que gozan las instituciones argentinas -judiciales, policiales, gubernamentales- enturbia cualquier análisis. Los medios de comunicación, sobre todo las redes sociales, que hoy pelean la capacidad de formar opinión a los canales tradicionales, muchas veces aportan sólo teorías infundadas y versiones falsas.

Este ruido genera una multiplicidad de percepciones que, sin haber sido chequeadas o refrendadas por fuentes calificadas, influyen en el ánimo colectivo. Y la necesidad de las autoridades de alimentar a la bestia que, demanda datos a toda costa, provoca el efecto inverso: la desinformación como eje y base de la discusión pública.

Cual efecto dominó, cuando no hay info se transmite igual algo que “podría ser”. Los que reciben el mensaje lo viralizan, convirtiéndolo en verdades irrefutables.

Cuando la voz oficial -en este caso la Armada Argentina- decide desclasificar -si es que lo hizo ciento por ciento-, ya es demasiado tarde: la furia y la indignación ya se instalaron en los familiares de los tripulantes del gigante que espera, probablemente bajo el agua, ser encontrado.

Ante el silencio, las especulaciones proliferan y la bola de nieve es imparable. ¿Desde cuándo sabía la Armada que hubo una explosión? ¿Por qué hay tantas diferencias entre lo que saben las familias de los marinos y lo que se transmite a la prensa? ¿Se evitó adrede brindar información vital? De ser así, ¿con qué objeto?

Este caldo de cultivo de bronca amenaza con escribir otro capítulo muy triste de nuestra historia. La chance de tener que llorar nuevas muertes inocentes, de personas que creían que vale la pena cuidar y proteger este país, es muy grande. El dolor promete volver a instalarse entre nosotros, pero llegó la hora de replantearnos seriamente qué tipo de nación queremos ser.