Alfonsín batalló con el ejercicio de "persuadir". (Archivo)

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@LuisAutalan

El maltrato a las palabras, que deriva en la desconsideración del prójimo y la opinión pública, no es patrimonio exclusivo del periodismo. Sería injusto dejar de lado en este menester a la clase política, ya sea en ejercicio de éste u otros gobiernos o ya en el rol de oposición.

Por estas horas, sin el rigor de un comunicado o textuales, desde líneas diversas el Ejecutivo nacional exalta la estrategia de “disciplinar” como vía de mando. Ninguna originalidad, el nunca escrito manual sobre gobernar abunda en ritos similares.

La aplicación de la disciplina infiere a “azotar o imponer” a fin de lograr dominio o subordinación. Por otra senda, desde 1983 hasta su muerte, el ex presidente Raúl Alfonsín batalló con el ejercicio de otro concepto más gentil: persuadir. Acción que busca obtener, con razones y argumentos, que una persona o un grupo de ellas actúe o piense de manera determinada.

Esta opción que pregonó con más o menos éxito el hombre de Chascomús denota pensamiento, consideración y hasta cierta amabilidad. Y en días donde los excesos de coaching avanzan sobre la lógica, la filosofía, las convicciones sociales, incluso por la autovía más veloz se invita a considerar que “el fin justifica los medios”, persuadir hasta suena ecológico.

Pues bien, tomando letra desde pensadores prósperos en generosidad y reflexión crítica, léase de construcción en riqueza de argumentos, realza uno en particular -en ejercicio de poder y fecuando dice que involucrarse en política “es una obligación para los cristianos”, y también para otros credos. Acota que “no se puede jugar alegremente a ser Pilatos” y también que la política “es una de las formas más altas de la caridad”.

Antes de recibir réplica automática al respecto, recuerda que la búsqueda del bien común es la esencia de la política. Y antes de amago de descalificación, exalta que si bien no son los tiempos más higiénicos de la política, es error grave la omisión o echarle la culpa al otro. Ese pensador no gobierna pero asumió hace años una jerarquía inédita para los argentinos, se trata de Francisco, un Papa con idioma universal y sencillo, ya sea desde Roma o el lugar que visite.