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@LuisAutalan

El tenista estadounidense Jimmy Connors brilló desde los años ‘70 en honor a un talento singular. Alguna vez semblanteó que para llegar al triunfo “uno debe odiar al rival”. No alcanza semblantear el recurso de amparo de que el tenis “es un deporte individual”, su precepto es evitable.

Aun encontrándolo por estas horas al alcance de la mano, el odio -sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia- no lleva hacia una vida más aceptable, ya sea de individuos o pueblos.

El odio deteriora a su ejecutor. El tópico no es una novedad. Remite a nuestra historia, porque las grietas también son un delicado producto típico y no lo expresamos en tren de dar una clase de moralina no pedida por los lectores.

Sucede que entre las obligaciones de los periodistas está el deber de informar y la prerrogativa de opinar, la cual no nos exime de los efectos colaterales de manifestar un parecer. En virtud del odio se pueden ganar partidos de tenis, elecciones, votaciones en asambleas vecinales o discusiones con parientes lejanos y cercanos.

El costo de esas victorias será difícil de calcular para los pródigos en sabiduría matemática o el mismísimo FMI, si llegamos a la ganancia por dicha vía. Pregona el gobierno nacional que su paquete de reformas tiene como esencia y base el consenso. Léase el acuerdo o conformidad en algo de todas las personas que pertenecen a una colectividad, y esa construcción exige la arquitectura más precisa.

Entre los libros de la buena memoria que nos esperan en algún estante, con sabios consejos, está el de la erradicación del odio para consensuar. Es requisito para la oposición y exigencia absoluta para el oficialismo, ya que en este último recae la administración del Estado.

Sin intentar un juego de palabras o la reiteración de lo obvio, diremos finalmente que gobernar comprende hacerlo también para quienes son adversarios, no adhirieron a nuestra postura con su voto o confrontan con argumentos desde una legítima defensa.