Por Alicia Barrios
@alicia_barrios

Francisco va por La Paz. Es el Papa. Siempre hay un diplomático de la Santa Sede en las juras de los presidentes de todo el mundo. Bergoglio trabaja para la concordia, no la discordia. En el caso puntual de Venezuela pide por el encuentro. Se trata de un país que atraviesa una crisis política y humanitaria sin precedentes.

Manifestó su preocupación tantísimas veces. Incluso propuso hacer un corredor humanitario al cual Nicolás Maduro se negó sin dudar. El Sumo Pontífice tiende puentes. No es propio del Estado Vaticano romper relaciones con otros países.

En su estilo bergogliano para él no existe la relación entre amigos y enemigos. Está probado con sus actitudes que es de hacerse amigo de los enemigos para poder dialogar. El no diálogo es el demonio. Imaginemos un escenario en el cual Francisco hubiera decidido cortar el vínculo con Venezuela. Quedaría huérfana de Nuncio.

Ante un hombre con la actitud autoritaria de Maduro es imposible prever cuál sería su respuesta ante los sacerdotes, las Iglesias y los católicos de su país. Las consecuencias pueden ser gravísimas.

El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, el número dos en la sucesión del Papa, fue nuncio de Venezuela. Esto quiere decir que Bergoglio conoce, perfectamente que sucede. No tan solo eso sino que en varias oportunidades recibió a la jerarquía eclesiastica venezolana donde se trató a fondo el tema.

El presidente que pidió verlo en su visita a Cuba, que cuando le preguntaron dijo que no, fue Maduro a quien tampoco, días después saludó cuando dio su discurso en Naciones Unidas.

En su viaje apostolico a Turquía, fue recibido por su premier, Recep Erdogan, no fue porque le cae simpático. Estamos hablando del primer promotor de la guerra con Siria y hasta allí llegó a abrir puertas. Dialogar con los cristianos ortodoxos.

Fue más allá cuando junto al Patriarca Bartolomé, su amigo, con quien compartió una ceremonia de casi tres horas en la catedral de Constantinopla, firmó un documento en el cual se comprometían a que los cristianos no desaparecieran de Medio Oriente. En esos días, a 300 kilómetros de allí, en la frontera con Siria, los estaban crucificando.

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