Hace tiempo vengo pensando en como será la representación gremial en los próximos 10 años. Sobre todo después de la pandemia que reconfiguro el mundo en que vivimos y la manera en que lo habitamos.

Nuestra actividad, como todas, atraviesa una profunda crisis de identidad y de futuro. Según un informe de la Universidad de Santiago del Estero y del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, en la década del 90´ las tasas de afiliación en establecimientos con representación gremial eran del 83% y hacia el 2018 bajaron al 51%, se estima que esa caída se profundizó aún más en los últimos años.

Es decir, cada vez menos trabajadores eligen afiliarse a los gremios, siguiendo esta tendencia en 10 o 20 años, ¿a quiénes vamos a representar? ¿Dónde van a estar? Es fundamental que demos este debate, es cierto que lo urgente nos condiciona, todos los meses la inflación se lleva un porcentaje del salario y es necesario rediscutir la paritaria más temprano que tarde, pero aquí tenemos un problema profundo y estructural al que tenemos que atender.

Pensemos por un momento porque se pierden sistemáticamente afiliaciones, que error cometimos en este tiempo y cuáles son las herramientas para seducir a los jóvenes trabajadores y explicarles la importancia de contar con una estructura de defensa de sus derechos.

En la década del 90´ las tasas de afiliación en establecimientos con representación gremial eran del 83 por ciento y hacia el 2018 bajaron al 51 por ciento.

El principal problema que enfrenta el gremialismo tradicional, es donde ir a buscar a los nuevos trabajadores, las nuevas oficinas hoy están en el éter, en los comedores de las casas de cada uno, en las cafeterías, en las salas de "coworking" o inclusive en otro país.

El segundo desafío es qué les ofrecemos: cuando yo me case, el gremio me pago la noche de bodas, las primeras vacaciones en la playa de mis hijos fueron en la costa atlántica y nos hospedamos en un hotel del sindicato, todos los años tuve útiles escolares, mochilas y guardapolvos listos, sin embargo, todo eso hoy parece poco o resulta menos atractivo.

Estas dos preguntas y sus múltiples respuestas las vengo conversando con dirigentes sindicales de todos los gremios, a nivel internacional, en los paneles de la UNI, con empresarios y representantes de cámaras.

Creo que el sindicalismo debe avanzar velozmente a la modalidad 5G, es decir, estar un paso adelante. Lo único que puede garantizar trabajos mejor remunerados y más calificados es la formación, los sindicatos deben garantizar educación de calidad a sus representados.

Algunos dirán que eso ya ocurre, que hay escuelas de formación en oficios, y es cierto, es la base para lo que viene, pero como todo, está pensado y mirado desde la óptica del siglo pasado.

Tenemos que becar estudios en el exterior de posgrado, tener nuestras propias salas de coworkig, explorar la reconversión de los trabajadores a otras especialidades, fomentar la vocación por las industrias del conocimiento, inteligencia artificial o robótica.

En el mundo se prevé que en 20 años no habrá más cajeros en los supermercados, ni quien levante las barreras de los peajes, los taxis y colectivos no tendrán choferes y los bancos serán netamente virtuales. ¿Qué hacemos con toda esa masa de trabajadores y trabajadoras?

Tenemos un enorme desafío por delante, diría el más importante de nuestra historia moderna, que es mutar al sindicalismo tradicional hacia el gremialismo 5G, entendiendo que la base es la educación y la formación en nuevas tecnologías, debemos creer en las industrias del conocimiento como el motor del desarrollo y la salvación de los puestos de trabajo del futuro. Estamos a tiempo, ahora ¿Somos capaces de hacerlo?

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