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El marco formal y oficial del anuncio del presidente Mauricio Macri, junto a sus pares de Uruguay y Paraguay, no resultó suficiente para ocultar la euforia que significa poder cumplir, por fin, un viejo anhelo para quienes nos fascina jugar a la pelota y seguir de cerca un partido, sea desde la tribuna o a través una pantalla.

Principalmente para la generación de futboleros que nacimos después del Mundial 78 y que a retazos mantenemos el recuerdo de la épica comandada por Diego Maradona en México 86. Un Mundial en nuestro país, para los que somos habitués a los estadios, significa hacer realidad uno de los deseos del hincha y, por qué no, soñar con una final, con victoria, frente a Brasil.

El proyecto confirmado por el jefe de Estado enciende una ilusión que parecía estar apagada para los futboleros. Ya se palpita estar alentando en la cancha que sea, con los frecuentes compañeros del tablón, aunque en el caso de uno, las canas y la proximidad a los 50 años se hagan sentir para ese entonces. Ya se siente, a pesar de la lejanía en el tiempo, el “Vamos vamos Argentina”.

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