El caso Santiago Maldonado quedó tapado esta semana por otros temas.

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@_Lo_A 

Paradojas de la comunicación, la fuerza impiadosa del huracán Irma le dio un poco de calma, al menos en los medios y en las redes, a la investigación por la desaparición de Santiago Maldonado, justo en el momento en que el tema estaba a punto de perder el eje. Convertido en estandarte de la oposición y, al mismo tiempo, en escudo del gobierno, el nombre del joven de 25 de Mayo comenzó a utilizarse casi de forma banal, en tanto y en cuanto se tornó en caballito de batalla para unos y otros ubicados en lados opuestos de la consabida grieta.

Tan fuerte logró instalarse en los medios su desaparición -tipificada por la Justicia como forzada- que la investigación se convirtió en “caso”, marcando no sólo su serialización -permanencia en el tiempo- si no, en paralelo, su relevancia más allá de cualquier otro postulado desde la agenda del Estado o de la sociedad civil, tal y como indica Aníbal Ford en su texto “La exasperación del caso”.

El comunicólogo hacía referencia a la casuística para señalar lo que a principios de 2000 marcaba una tendencia en los medios por explicar la realidad desde lo micro, cuando aún la influencia de las redes sociales no existía. En la actualidad, Twitter, Facebook y hasta WhatsApp hacen que las aristas del tema excedan el manejo de los medios -esos que fueron puestos bajo la lupa en los últimos tiempos- y que se reconozca la participación no inocente de las fuentes políticas detrás de cadenas, mensajes, fotos y tendencias que, finalmente, terminan marcando agenda.

Y en este juego perverso del que todos somos parte en mayor o menor medida, quedó instalada la desaparición de Santiago Maldonado. Tatuador, anarquista, víctima de Gendarmería, activista: tanto se dijo. Tan poco se sabe. Lo único que importa es que es una persona desaparecida. Ni más ni menos