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Aparentemente, el paso del anonimato a la fama genera daños irreparables en algunas personas. Es un misterio cómo un profesional del nivel de conocimiento sobre economía que demuestra Javier Milei carece de empatía por el otro. Convertido en personaje mediático gracias a su claridad a la hora de explicarnos a nosotros, los neófitos, por qué somos un país que "no arranca nunca", pronto su soltura y carisma -apoyados por un "no-peinado" al que pocos se atreverían- se transformaron en intransigencia y destrato hacia todo aquel que no ostente un coeficiente intelectual propio de un premio Nobel.

En esta época de revisión de los códigos de convivencia a la que asistimos los argentinos, el episodio protagonizado por Milei durante una conferencia de prensa en la ciudad de Metán, provincia de Salta, lo despoja de cualquier rasgo de simpatía previo. Tratar de "burra" -uno de sus latiguillos- a una periodista local, a la que le explicó las cosas "despacito, para que me entiendas", no resiste análisis.

Los argumentos del economista, que luego, ante el revuelo en Twitter sobre este escándalo, respondió que él "no discrimina entre géneros" y por eso trata de infradotados a hombres y mujeres por igual, son cuanto menos ridículos. No se trata aquí de decir que la furia de Milei fue "violencia de género", porque la equidad que buscan las mujeres implica eso, sí: igual trato para ellos y ellas.

Conclusión: no se trata así a nadie, en general. El error que desató la ira incontenible de este especialista -atribuir el "salvataje" de Estados Unidos post Gran Depresión a las teorías keynesianas que él odia con las tripas- es muy común. De hecho, Milei ya tuvo cruces verbales violentos por gente que osó incurrir en esa confusión de datos históricos.

Está muy bien que el señor del cabello indómito aleccione a esta masa informe de ignorantes, pero sus maneras son propias de un hombre de Neandertal. A calmarse...