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Nuestros primeros maestros de política, los griegos, descubrieron que la conducta humana oscila entre picos de euforia (hubris) y abismos de impotencia (némesis). En el poder, es difícil sustraerse al influjo del culto a la personalidad que, mediante el coro adulador, acaba convenciendo al sujeto de que es infalible.

La mayoría de los tiranos, a través de siglos, probó que el síndrome de hubris es devastador. La gente que "se la cree", en la cima del poder, ha sido funesta. Nikita Kruschev, dictador soviético, dijo: "Nunca nos equivocamos". Pero la Unión Soviética ya no existe. A Cristina Kirchner el síndrome le brotó tras el 54 por ciento de 2011: "Vamos por todo", "Cristina eterna", etc.

En 2013 sufrió la némesis del triunfo de Sergio Massa en las legislativas bonaerenses. Pero dos años después logró que Daniel cayera ante Mauricio, y así ella conservó la lapicera, a falta de chequera. Se dio el gusto de organizar a su tribu al margen del PJ, al que superó ampliamente en las últimas elecciones con Unidad Ciudadana, siendo la segunda fuerza electoral del país. Pero su techo, queda 20 puntos debajo de Cambiemos. Sería el rival favorito del oficialismo en 2019.

Ella parece haberlo asumido, de ahí su paso al costado ofreciendo ayuda para que en dos años "otro argentino" reemplace al actual Presidente (se supone que no pensó en Marcos, al hablar así). En un nuevo ímpetu de hubris, ella ha elegido el rol de gran electora del peronismo por venir.

La vieja dedocracia peronista, resucitada en su impactante discurso del miércoles 27, en el Senado, ofrece su estilo carismático a un peronismo recién destetado, que se consuela en la riesgosa cercanía de Mauricio. Un peronismo que no necesita, ya, duelos verbales tan desparejos como el de la marquesa de El Calafate con la vicepresidenta, pobre remake del que Cristina le ganó a Chiche Duhalde en 2005.

Si no pudiese imponer su dedo, la marquesa aceptaría el rol de asesora experimentada, lo que viene haciendo el marido de Chiche desde 2005. Su rival en la cámara, el Miguel Ángel, del nuevo-viejo peronismo, le reprochó su "hipocresía"; pero, ¿hay una cualidad más encomiable en una alteza que la de volar los puentes al verse acorralada?

"Después de mí, el diluvio", dijo Luis XIV. La marquesa K, versión nac&pop de la heroica duquesa de Berry, al momento de su retorno al Congreso, el caluroso miércoles 27, a las 11, dio la impresión de que una todavía imperceptible llovizna empezaba a confirmar aquel regio pronóstico.