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@luisautalan

Las palabras sufren una devaluación más fuerte que la moneda, incluso las consecuencias son más graves. De la coyuntura económica hay recetas para sobrevivir, salir o emerger. No son inmediatas, pero existen, como lo remarcan los expertos. Del ejercicio del odio para destruir rivales o salir airosos en debates prescindibles, el laberinto está techado y eso se construye con palabras.

Quienes asuman la veteranía nos podrán acompañar, aún con sus diferencias, en este ejercicio obligatorio para los ciudadanos y gobernantes. Hablando de gimnasia, urge apostar al pensamiento crítico. Léase discutir en el Congreso, la mesa familiar, el foro que se pretenda con argumentos concretos, sin restar energía pero desde un sustento común básico para sobrevivir.

Prueba de ello fueron las dolorosas imágenes del jueves pasado o el lunes en las cercanías del Congreso. Los violentos, orquestados o parte de una maquinaria aceitada, avasallaron el justo reclamo de quienes, en su derecho, se manifestaron en contra del ajuste contra jubilados, pensionados o beneficiarios de AUH.

Señalar y descalificar al otro por presunción de ideología es la dinámica de la grieta, ya que se pierde el foco de la cuestión. Elegir el recorte hacia jubilados es una decisión de un gobierno electo en democracia, reclamar variantes al Poder Ejecutivo es asumir legitimidad. Caso contrario se multiplicará la sin razón y asumiremos que las soluciones pasan por la represión desatada o la caza de manifestantes o civiles al voleo.

Hay abundante bibliografía y cinematografía al respecto. La desesperanza se fortifica cuando la tónica del "sí o sí" crece contagiosa para tapar otros huecos, para saciar rencores. La obligación primera es del gobierno y la inmediata es de la ciudadanía, verdad de manual pero al parecer de cumplimiento no obligatorio.

Las sombras de la historia también enseñan, y hasta el recuerdo de Norma Plá bregando por la dignidad de los jubilados puede sintetizar que el aplazo nos revela incluso en materias previas que no prescribirán. Es lo que podemos decir una vez más ante las vísperas de fiestas, donde la sonrisa debería ser algo más que una mueca.