Considero que las artes nacieron para que el hombre pueda regresar al paraíso. La historia de la humanidad nos enseña que cuando estas florecen, los pueblos florecen. Y entre las artes el teatro ocupa un lugar privilegiado.

Ya en la antigua Grecia –con el drama como base- al píe del Acrópolis, en Atenas, se colocaban gradas de madera para los espectadores frente a una plataforma elevada. El nombre de Esquilo ya era popular.

Roma, posteriormente, impulsó este arte. Ya no se detendría su difusión. Los hombres habían comprendido que el teatro no sólo reflejaba la vida. También la ennoblecía.

Miles de salas teatrales con el devenir del tiempo enriquecieron ciudades. Muchas de ellas se hicieron famosas mundialmente. ¿Algunos nombres? La Scala de Milán, la Ópera de Viena, el Covent Garden de Londres; nuestro Teatro Colón que nos enorgullece

Y se dio la curiosa circunstancia que durante décadas ya se celebraba el Día del Teatro, pero en dos fechas diferentes.El 26 de mayo en algunos países y el 27 de marzo en otros.

Pasaron siglos. Hasta que en 1961 la Unesco, que es la organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, resolvió establecer que el 27 de marzo de cada año se celebrase el Día Internacional del Teatro.

Actualmente se conmemora en casi todos los países del planeta que valoran el teatro como patrimonio de la humanidad. Pero deseo rescatar un episodio real que confirma que a veces los que no pueden dar nada, también pueden dar mucho.

Desde hace décadas, ignoro si sucede todavía, se realizaba en una cárcel uruguaya, la de Puente Carretas, cerca de Montevideo, Uruguay, un hecho inusual que ratifica que todo hombre, incluso aquellos que erraron el camino, siempre tienen algo rescatable.

Un conjunto de presos habían formado un elenco teatral que ofrecía obras de autores consagrados. Y lo hacían, no sólo para sus compañeros de prisión, sino para todo público que abonaba una entrada.

Parte de esa recaudación la utilizaban para ayudar a entidades benéficas y a escuelas de barrios humildes. También a hospitales del Uruguay. Y esos presos que tomaron el camino del mal –aunque no siempre hay culpables y a veces hay circunstancias- necesitaron hacer el bien, ayudando a otros seres humanos.  Podemos deducir entonces, que hay caídos que se levantan, levantando otros caídos. 

Agregaría solamente –en cuanto a las artes- que así como la pintura nos trajo un Picasso, la música un Beethoven o la literatura un Cervantes, el teatro nos dió una excepcional actriz francesa, que derribó fronteras. Que no eligió ser actriz; fue elegida. Que vibraba con la creación, no con el aplauso. Que encontró precipicios y montañas. Pero los superó, porque tenía alas…

Se llamó Sara Bernhardt. Falleció en 1923, a los 78 años. Fue, por sus aptitudes, como Caruso en el canto lírico, como Nijinsky y la Pavlova en la danza, como Goya en la pintura.

Tres veces visitó Buenos Aires, dejando el sello de su señorío y de su talento. A los 71 años, un accidente obligó a la amputación de una pierna. Pero siguió actuando con una prótesis hasta poco tiempo antes de su muerte.

Es que como todos los grandes del arte sólo encontraba paz… en la acción, ratificando, que crear belleza, comouna especie de pasaporte a la eternidad, es vencer a la muerte.

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