La política suele descreer de los calendarios y hace mucho quiere convencer a los ciudadanos de que, por causa de la modernidad y de los avances tecnológicos, ella cambió y ya no obedece, como en el pasado, a mitos ni ritos.

Con hábil paciencia, ha sabido transfigurarse para hacerles creer a millones de argentinos que ella no es la vieja ciencia que analiza, entiende, comprende y guía a los gobiernos, las sociedades humanas y los Estados, sino que es otra cosa, muy parecida a una encuesta de opinión permanente, que les permite a los políticos conocer (y a veces hasta resolver) las demandas de la gente.

Pero como no siempre las ciencias de la política logran domesticar a las artes del discurso, los inesperados dichos del jefe de los diputados del PRO, Nicolás Massot, en un programa de TV -mientras él creía que la cámara estaba apagada-, terminaron en pocos minutos con el sueño guionado del marketing político y dieron paso a la discusión real sobre qué les ocurrirá a quienes hoy detentan el poder cuando ya no lo tengan.

En los países con contratos sociales más democráticos, eso que llaman “alternancia” no es más que un cambio de gobierno por el cual se suele convertir a opositores en oficialistas. “¿Después quién va a venir? Va a venir el Partido Justicialista, reciclado”, dijo Massot al aire, sin saber que estaba siendo grabado.

Palabras que no deberían sorprender a nadie si el país tuviera un sistema político adulto, donde la ceremonia de investidura presidencial, el traspaso del bastón de mando, banda presidencial y jura fueran naturales, y la alternancia fuera vista por la mayoría de la población y la clase política como un proceso natural de la democracia, transformándose finalmente en un rito pacificador.

Casi un sueño en la Argentina actual, donde la política es cada vez más entendida por propios y ajenos como una revancha, donde la palabra “alternancia” se parece demasiado a “persecución”.