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El prisma que ofrece el gobierno nacional para afirmar que existe crecimiento sostenido, sin llegada todavía a los sectores de clase media y, va de suyo, a la escala inferior social de ingresos per cápita, es de mínima contradictorio en términos de economía. Se robustecen entonces los gestos circunspectos de analistas variopintos cuando el jefe de ministros, Marcos Peña, asevera que "el dólar no es una variable de crisis".

Es neto el contraste con la realidad histórica argentina, al menos desde el retorno de la democracia en 1983. Tasa de interés de política monetaria del 27,25% e intervención del Banco Central en el mercado cambiario, durante la semana que pasó, por primera vez desde las elecciones legislativas 2017, y férrea política en cuanto a salarios, paritarias y jubilaciones resumen los pasos que transita la Casa Rosada.

En la vereda del "Hombre común", que inmortalizó don Osvaldo Ardizzone, se sabe que en los últimos años los sueldos no quedaron inmunes a la inflación. La "realidad de las góndolas" es implacable para los asalariados, y la cuestión no sólo se plasma en alimentos, artículos de limpieza, útiles escolares o vestimenta.

Ni siquiera hará falta considerar la cantidad de empleo que se esfumó en los últimos años, porque a la sequía que experimenta y sufre el campo, la generación de puestos de labor puede asimilar dicho fenómeno como metáfora. El desafío para gobernantes y opositores también eleva su cotización, la alternativa tentadora de echar mano a slogans es tan accesible como nociva si de sincerar se trata, porque al gobierno hoy los mayores interrogantes se cifran en la economía, con varios cuerpos de ventaja sobre los políticos.