@AnaliaCab

Ayer fue el Día del Abuelo. Nuestro país celebra tres fechas en este sentido: el 26 de julio, que obedece a un motivo religioso, ya que la Iglesia Católica conmemora a San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María; el segundo domingo de noviembre (Día de la Abuela), y el tercer domingo de agosto, del Abuelo.

Y hay más; en el mundo, la ONU promueve el Día Internacional de las Personas de Edad, el 1° de octubre. Todo muy lindo. Pero son demasiadas fechas carentes de sentido. Los que tienen vivos a sus abuelos quizá les den un abrazo o un regalo. Pero los viejos en nuestro país están huérfanos, y no porque sus padres hayan muerto sino porque desde el Estado, cada vez más, se los abandona a su suerte.

Es cierto, se pueden hacer muchos más trámites de seguridad social y salud... por Internet, una herramienta que ellos desconocen y hasta temen. Siempre están a merced de la caridad: que un hijo o nieto los acompañe a hacer filas ridículamente largas para cobrar una limosna por décadas de trabajo duro. Que alguien los ayude a entender cómo obtener su CUIL, en qué categoría inscribirse, o por qué no pueden acceder a la tarifa social por el simple hecho de tener esa vieja “citroneta” a su nombre.

En esta edición, Ricardo Darín le dijo a Crónica: “¿Cómo hacen los jubilados para comprar sus medicamentos, más allá de los descuentos de las obras sociales?”. Porque mientras los precios de eso que necesitan, literalmente, para seguir viviendo, suben, también lo hacen los de la comida, vestimenta, servicios. Por suerte, como son viejos no deben necesitar esparcimiento o distracciones.

Alguien puede objetar: “Pero el PAMI ofrece actividades gratuitas, talleres, gimnasia”, o “tienen promociones en teatros y espectáculos”. Es cierto. Sin embargo, el abandono se percibe desde lo cotidiano, porque una persona grande que está preocupada por su salud, por el futuro de su familia o por cuál medicamento podrá comprar este mes, no tiene ganas de ir a hacer aquagym. En definitiva, como también expresó Darín: “El deterioro cultural nos ha llevado a la descalificación de la ancianidad. La cultura de que ser jóvenes es lo que vale es uno de los peores errores que estamos cometiendo”.