Cristina quiere captar los votos peronistas.

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Mientras Él acaricia el sueño de ser reconocido por el pueblo como el heraldo de un futuro mejor, Ella, símbolo del ominoso pasado, predica la necesidad de quebrar ese sueño. Se odian. Pero se necesitan. Ellos son Mauricio y Cristina, figuras de la telenovela escrita por un equipo de expertos ecuatorianos.

Aferrados a la polarización que los nutre, Ellos se saben únicos rivales de la pelea de fondo del 22 de octubre. Él tiene asegurado un piso nacional de 30 por ciento; Ella, de 15. Pero con eso, le basta para ser cabeza de la primera fuerza de la oposición. Esa certeza le da aire para ir a fondo con la succión de los votos peronistas que se le rebelaron en agosto: los del Frente Renovador y los de Cumplir.

Los colmillos insaciables de la marquesa de El Calafate se ocultan bajo una estética naif de pobres convencidos de que sólo Ella puede frenar la mano del ogro. Es, nada menos, lo que Él necesita para cerrar filas ante la amenaza del pasado que quiere volver, en brazos de una macabra nostalgia populista.

Ella invita a los peronistas rebeldes (¿hay otro modo de ser peronista?) a rendirse ante el “voto útil”. La misma consigna del 13 de agosto, votada por sus fieles, un combo de clientelas políticas del conurbano, rehenes de la asistencia pública, jóvenes víctimas del vacío educativo y la falopa, más la clase media snob que entrenó a sus hijos para tomar escuelas y enviar sobres explosivos, remedando las provocaciones terroristas de la izquierda setentosa.

Pero la mayoría de la sangre que aún sostiene a la vampiresa viene del peronismo; con sólo la de esos papás setentosos, Ella no habría llegado al aguantadero del Senado. A Ella, los guionistas le suavizaron el perfil: ahora luce revestida de un falso pragmatismo por la “unidad” de ciudadanos nostálgicos de su reinado.

Ella dijo que en 2019 no sería “un obstáculo” para el peronismo. Pero si en octubre lograra vaciar las venas del peronismo rebelde, en 2019 ella no sería un “obstáculo”; sería, una vez más, la candidata presidencial de la “unidad” peronista para la futura derrota. La rival favorita de Mauricio. La vampiresa sedienta de supervivencia, con el colmillo en la yugular del peronismo cautivo, lo amenaza.

Invoca la maldición setentista en busca de nuevos desaparecidos, muertos y torturados. Su póstuma ambición es la de llevarse al peronismo con Ella a la tumba. El peronismo rebelde, desde abajo, como siempre, lucha por la vida.