Las miserias en el fútbol no tienen que ver con el juego, sino con las personas que conducen y que participan de este deporte, pero que también tiene vinculaciones económicas y políticas. Es mentira que estén separadas y que todo lo que sucede en el marco del campo de juego tiene que ver de manera estricta con lo que pasa alrededor de la pelota.

Eso sucedió con el denominado caso Boca y Atlético Mineiro y sus consecuencias. Mientras se intenta controlar la pandemia y se habla de los cuidados sanitarios para evitar nuevos contagios, un par de dirigentes de clubes como el caso de Juan Román Riquelme, vicepresidente xeneize y Marcelo Tinelli, titular de la Liga Profesional de fútbol y con permiso especial como mandamás del club de Boedo.

Pero más allá de las disputas por si Boca debía jugar o no frente a Banfield y San Lorenzo (el martes 27), poco se habló del cuidado y la burbuja sanitaria. No importó si algún integrante de la delegación boquense se sintió mal o si hubo o hay riesgo de contagio. Aquí, para los que dicen amar este juego, la preocupación pasó de ser estrictamente con las cuestiones personales y políticas a sanitarias.

Los egoísmos marcan los límites de la cancha. No hay preocupación por el tema social, sino que la idea fue y es sacar ventaja de alguna manera o de especular para tratar de sacar un resultado y mejorar en los números para mostrarle a los socios y a los hinchas.

Así las cosas, lo importante pasa por sacar ventaja. Para muchos, el resultado está una vez más por sobre las normas.  Y mucho más por sobre la solidaridad o el respeto al prójimo. Esto es parte de nuestro fútbol. Lamentablemente.