Las grietas en Argentina tienen siglos. Los cimientos del país -en el marco de la Semana de Mayo, cuando no existía siquiera la argentinidad- se levantaron sobre miradas opuestas entre los moderados, encabezados por Cornelio Saavedra, y los llamados intelectuales radicales, seguidores de Mariano Moreno.

Unos 210 años después, la política continúa construyéndose entre oposiciones y críticas. La obstrucción como delgada línea. Ser gobierno significa forjar, de manera inteligente, una constitución de alianzas. Ningún partido per se, en un país donde los votantes ascienden a unos 30 millones de ciudadanos, logra imponerse de manera pura en las elecciones y mucho menos consolidarse en Casa Rosada. Ejemplos sobran. De ahí el "Es con todos".

Lo que los libros de historia omiten es que la grieta es una construcción política. Pero todo condimento tiene su dosis exacta. La fórmula Fernández-Fernández y Juntos por el Cambio son modelos que constantemente buscan el justo equilibrio. Hay veces que se exceden de la medida.

El sábado desde Olivos, Alberto, Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof anunciaron una nueva extensión de la cuarentena. En sus largos minutos de exposición, el gobernador bonaerense criticó duramente la gestión de María Eugenia Vidal, sobre todo en materia sanitaria.

El ala dura de la oposición, resumida en la figura de Patricia Bullrich, respaldó a la ex mandataria. La presidenta del PRO no dejó pasar un dato: "En nombre del 41% de los argentinos, le pido respeto". Error. El voto cautivo no es más que una simple teoría. En un movimiento estratégico, las palabras de Bullrich fueron suavizadas por la astucia calculadora de Vidal. "No hay lugar para nada más. Los quiero y estoy", escribió en su cuenta de Twitter. La mira en un cercano 2021.

Quien supo estar del otro lado del mostrador en años kirchneristas fue Gabriel Mariotto, que resumió con tino maquiavélico el rol del gobernante: "Si Alberto no hubiera sido moderado, no ganábamos, pero ahora hay que terminar con la moderación", dijo. Un día sin fecha la pandemia pasará. No se sabe cómo ni cuándo, pero será historia, y el Covid-19 formará parte de las tantas malarias que acompañaron al ser humano durante milenios.

Con un saldo incalculable de víctimas, el mundo seguirá girando en lo que advierten como "la nueva normalidad". Y la política seguirá siendo el equilibrio entre leones y zorros.

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