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En esta Argentina tan inflamable de mediados de 2019, toda situación delicada es una chispa que desata incendios. La sensación colectiva de incertidumbre política y una situación económica general que empeora mes a mes nos mantienen alterados. Además de lo obvio, que se palpa en las situaciones cotidianas -violentas discusiones de tránsito, maltrato entre familias, amigos o incluso desconocidos en la calle-, la agresividad se nos instaló a un nivel más profundo, casi subliminal.

Aunque cabe destacar que las redes sociales no son el reflejo de todo un país, bien vale lo que sucede en ese universo paralelo como "muestreo". La terrible muerte de cuatro chicos en San Miguel del Monte durante una persecución policial -en la que el fiscal a cargo ya comprobó que uno de los fallecidos tiene un balazo en su cuerpo- pone en jaque, por un lado, el siempre discutido tema del accionar de la policía, pero también desnuda cómo piensa gran parte de la población.

La impunidad de opinar desde la seguridad de un teclado, muchas veces bajo seudónimos o nombres falsos, da lugar a una especie de locura por "prenderse" en todos los temas del día sin detenerse un segundo a reflexionar sobre si podemos hacerle daño a alguien con nuestras palabras.

En los artículos publicados sobre el desarrollo de esta noticia, varios usuarios relativizaron el dolor de la pérdida de estas cuatro vidas argumentando cosas como "andá a saber qué estaban haciendo a esa hora en la calle"; "¿por qué un chico de 13 años andaba en un auto con uno de 22?", o el típico "¿dónde estaban los padres?", tipeado probablemente desde la comodidad de un sofá o tomándose un cafecito.

Del otro lado -siempre hay "otro lado"- directamente se habla de "gatillo fácil fomentado por el gobierno" y se exige la renuncia de la ministra de Seguridad. En el medio hay un sinfín de situaciones y malos manejos institucionales enquistados en nuestras fuerzas de seguridad que, cada tanto, se llevan vidas inocentes. Pero quitarle importancia a la pérdida de los hijos de otros pertenece a esa parte nuestra que más nos avergüenza.