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El gato de la hija de los Clinton, un ejemplar común llamado "Socks", murió de cáncer a los 20 años (más de un siglo de vida humana). El 20 de febrero, en EE.UU, se festeja el Día Internacional del Gato en homenaje al longevo "Socks". Pero los gatos entraron en la política mucho antes: el cardenal Richelieu, primer ministro del rey Luis XIII , vivió rodeado de gatos.

En varias fotos, el bolchevique Lenin sale acariciándolos. El Dalai Lama, Nobel de la Paz, los admira. Benedicto XVI, antecesor de Francisco, también fue fotografiado con un gato. Si tan grandes personajes se identifican con él, ¿por qué en nuestro argot político, "gato" es un insulto? Porque el "gato" es Macri, dice la calle.

Pero, el gato no tiene la culpa de los traumas políticos argentinos. Los egipcios lo adoraban 4.000 años antes de JC. Su percepción sensorial le permite anticiparse a los fenómenos naturales y a la toxicidad psicológica de los humanos. Sibilas y augures lo consultaban, y los chinos calculaban la hora mirando sus pupilas.

El gato practica la sociabilidad según sus necesidades vitales, por eso los grandes felinos se extinguen mientras los pequeños sobreviven. El más político de los animales es el gato. El peronismo tiene también su gen gatuno: "Cuando los peronistas se pelean -decía el General-, es que se están reproduciendo".

El motivo de la estigmatización gatuna de nuestro argot remite al lunfardo. En los años 30, "gato" era el bacán que pagaba mujeres. Según los eruditos, viene de "gatillar", o sea, sacar la billetera para el "garpe". Después, el mote se aplicó también a las mujeres de alto precio. En los 90, la jerga "tumbera" incorporó "gato" por el preso que limpia el pabellón. También puede significar ladrón descuidista. Esta última voz parece la más apropiada para relacionar al gato con la política argentina actual.

Del 83 para acá, ¿cuántos "gatos/as" hubo? Pero el gato escamotea sólo bocados excluidos de su rutina alimentaria (por la comida envasada que le da CFK o por las privaciones de la vida callejera), como un lomo de atún, porque es sibarita; en cambio los "gatos" políticos (y alguna "gata" también) son glotones, tragan sin saborear, temiendo que algún día los citen a vomitar en tribunales.

Los gatos se domestican, pero no se someten. Suelen ser sociables, pero no necesitan la aprobación del entorno. Son independientes. Esto es lo que la soberbia humana, sedienta de poder absoluto, no puede tolerar. Nuestro problema no son los gatos, es la diarrea política.