Roberto Arlt sugirió que está prohibido acudir a algunas tristezas con zapatos de baile. ¿Esta advertencia incluye a los mocasines amarillos? Hace cinco años los vi por primera vez: estaban exhibidos en la vidriera de la zapatería de Maipú al seiscientos. Me llamaron la atención, nunca antes había visto zapatos amarillos. Si bien la forma de estos mocasines está hecha para un Edgardo, Quique o Cacho - porque tiene los típicos flecos que tanto cultivan los Edgardos, Quiques y Cachos - su amarillo parece más adecuado para un Axl, Ricky o Jonathan.

El asunto es que esta zapatería tiene un aspecto más de mercería (al abrir la puerta suenan las campanitas que cuelgan de ella, el vendedor usa un chaleco de lana, tiene los anteojos con colgantes y está custodiado por cuadros de figuras de antaño promocionando zapatos) que de las zapaterías "cool" en las que Axl, Ricky o Jonathan compran sus “llantas”.

Me quedé un buen rato contemplando los mocasines amarillos, había en ellos algo familiar como el tango que mi tío cantaba bajo el efecto de la sidra navideña o la alianza que la viuda conservaba en su mano poblada de lunares. Luego de unos minutos pasmado ante la vidriera, me pareció que ya comenzaban a circular rumores sobre mi relación con los mocasines: una señora que seguramente se llamaba Gladys me miró de arriba abajo; el portero del edificio de al lado planeó armar un grupo de WhatsApp llamado "El enamorado de los mocasines amarillos"  y el perro atorrante que se dignó a pasar a mi lado decidió no gastar ni un ladrido en un fulano de tan sospechoso gusto. Tomé aire y me di a la fuga.

Luego de un año volví a pasar por la zapatería de Maipú, ya sin la esperanza de encontrarlos, sin embargo los hallé en el mismo lugar. Los mocasines amarillos permanecían como los lobos marinos en la Bristol. Entonces se me ocurrieron varias cosas: entrar y preguntar el precio, aunque esto podría desatar una ilusión en el vendedor tan enorme que luego provocaría una desazón de igual tamaño.

Entrar y comprarlos, pero yo no me los pondría, pensé a quién podría regalárselos, ningún pie amigo daba con esos mocasines, salvo el de Gauna, el viejo profesor de instrucción cívica del secundario: él llevaba en su saco pitucones amarillos que hacían juego con su portafolio. Aunque hacía veinte años que no tenía noticias de Gauna, y además recordé que había leyendas acerca de su portafolio amarillo: que dentro llevaba un brebaje con formol que le permitía no envejecer o simplemente que estaba vacío y lo utilizaba sólo para hacer juego con sus pitucones. 

No era buena idea intentar contactar a Gauna, por lo que desistí de entrar a la zapatería, aunque sabía que posiblemente era la última vez que vería al mocasín amarillo. Entonces comprendí que nadie me había enseñado a despedirme para siempre de un mocasín amarillo por lo que, acorralado, volví a darme a la fuga.

Pasó un año hasta que accidentalmente regresé a la zapatería de Maipú al seiscientos e increíblemente los mocasines amarillos permanecían allí. Sentí que ya no era sólo un par de zapatos, ya era un mensaje divino. Una llamada a la aventura. Sabía que tenía que tomar una decisión. ¿Debía comprarlos? ¿Preguntar el precio? ¿Pedirle al vendedor que me confesara si alguna vez alguien había preguntado por los mocasines amarillos? En ese momento de incertidumbre un señor se detuvo frente a la vidriera y comenzó a observar los mocasines amarillos. Confieso que primero creí que miraba otros zapatos, hasta que se acercó más a los mocasines. No sabía si era un Edgardo, un Quique o un Cacho; lo que percibía es que estaba dispuesto a comprar los mocasines amarillos. Algo extraño me sucedió: sentí pavor, celos, alegría, furia. El señor, sin ningún empacho y ante las miradas de los transeúntes, se animaba a pretender los mocasines amarillos. Estaba tomando valor para increparlo cuando entró en la zapatería. Comprendí que aquella sí era la última vez que veía a los mocasines. Me fui, como quien se ve obligado a olvidar a una novia que ama sin saber bien por qué.

Dos años después diversas circunstancias me pusieron otra vez frente a la vidriera de la zapatería y, para mi sorpresa, observé que los mocasines amarillos estaban allí. Reflexioné en todas las cosas que habían cambiado desde la primera vez que los había visto: se habían muertos muchos de mis conocidos y de mis desconocidos, la selección había perdido las finales de un mundial y dos copas América, teníamos otro presidente, Quilmes había ascendido y descendido, florecieron las parrillas veganas, las pizzas de pollo; a las medialunas se las comenzó a denominar mezzalunas y al guiso con fideos farolitos, carne, papa y calabaza se lo bautizó en los boliches de Palermo como: "Danza de calabacitas holandesas, con satélites de carne plateada y lluvia intensa de penne rigate y papinas del Piamonte".

Sin embargo los mocasines amarillos persistían en la vidriera de Maipú al seiscientos. Esta vez no podía dejar pasar la oportunidad, y ya no importaba si no contactaba con Gauna o si me los compraba para dejarlos en mi placard. Por lo que ingresé a la zapatería y sin dudarlo le pedí al vendedor que me diera los mocasines amarillos. Cuando los sacó de la vidriera comprendí todo. Dejar a Buenos Aires sin los mocasines amarillos de la vidriera de la zapatería de Maipú al seiscientos, era dejarla huérfana. Ellos no sólo son la medida de mi tiempo sino también del tiempo de esta ciudad.

Cuando puedas arrimate a la vidriera de la zapatería de Maipú al seiscientos y observá los mocasines amarillos. Pero por favor, ni se te ocurra comprarlos.