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Se terminó nuestra utopía del Mundial Rusia 2018, esa ilusión donde al menos algunos tuvieron la gentileza de no pedirle a Lionel Messi que nos cambiara estos días de nuestras vidas. Suele recordar el colega Reynaldo Sietecase que "el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes", realce de sapiencia y certeza.

Este juego también adolece de eslóganes descartables, como la política o el modelo económico vigente sumergido en los 80.000 puestos de labor que se perdieron en la actividad de manufacturas, la recesión con base de seis meses y perspectivas mayores, el dólar en velocidad a voluntad sin admitir frenos y una señal básica/alarmante: el kilo de pan podría costar a fin del corriente año $100.

Enumerar frases hechas que podríamos repetir en 15 segundos sin repetir y sin soplar, comenzando por "lo peor ya pasó", tampoco acerca soluciones. La economía global, donde el FMI no es sucursal de la Unicef, no abunda en lo social por fuera del mercado, léase elementos no tangibles; va de suyo que tampoco respeta sueños y no contempla sensibilidades.

Desde una suma de inmensas minorías que ni siquiera pueden soñar con modificar los resortes de la política, las finanzas u otros rubros, queda la obligación de pensar. No en diagnósticos, sino en otras cuitas que tendrán que ver con nuestros hijos o compañeros. En la arena política somos milésimas de granos.

Encontrar las cosas importantes para tratar de cambiarlas o intentarlo requiere de conciencia individual y su construcción global. Al pasar se nos ocurre pensar que los pobres no son los enemigos públicos de esta nación. La vida en su ciclo completo puede asimilarse a los 90 minutos de un partido, la experiencia acredita que no siempre existirá un Messi como salvador o chivo expiatorio. Si bien Leo, a unos cuantos, nos regaló alguna alegría y sin pedirnos nada.