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En tiempos premundialistas suelen florecer por nuestras tierras, como en otras zonas de la región, sentimientos que vinculan al "más lindo de los deportes" con el sentir nacional. Versar en historia mundial y criolla sobre los excesos de tales sentires excede esta reflexión. Ahora bien, en tren de considerar que al decir de politólogos y economistas el 2018 tiene dos diciembres, con la Copa del Mundo a disputarse en Rusia como divisora del año, es cosa juzgada respecto de qué temas quedarán para después de la justa deportiva.

La actualidad, sobre todo económica, aconseja considerar que no podremos tomarnos respiro, sin que ello signifique alejarnos del televisor cuando jueguen Lionel Messi y sus muchachos. Las cuestiones de rigor respecto de carestía de la vida, deterioro del poder salarial, el idílico cambio que puede haber experimentado el FMI, son algunas de ellas.

Se podría agregar la situación de jubilados y pensionados o la falta de brotes verdes concretos en el empleo, más allá de la construcción, sin obviar que los recortes de obra pública van a deteriorar esos registros y las actividades que se potencian con este rubro de la industria nacional.

Es poético pensar que lograr una performance de decoro en el Mundial alegrará a miles de argentinos, como también considerar que no se aliviarán sus angustias o urgencias. El repaso de los libros de la buena memoria nos ajusta la certeza. Para ejemplos duros y sufridos en carne propia, 1978, 1982 y 2002 ofrecen una gama de contundencia respecto de aquellos problemas que superaron la resultante deportiva.

Y si de mirarnos a espejos de progreso se trata, está al alcance de la mano el último campeón mundial: Alemania. Nación de fortaleza económica y recuperación histórica/social donde el deporte es una muestra más de su eficiencia en beneficio de su pueblo. Es decir, para asemejarse a Alemania, el primer mundo prometido, no corresponde dejar cuestiones para antes o después de un Mundial. De cumplirlo, a no dudarlo, será por el bien de todos.