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@AnaliaCab 

El triste resultado obtenido por la Selección argentina este jueves ante Croacia en Rusia funciona, una vez más, como espejo de un país que se resiste a aprender a jugar en equipo y sigue depositando sus expectativas y odios en una o dos personas. Lionel Messi, el mejor del mundo o un pecho frío que se mueve por dinero. Mauricio Macri, el que nos va a salvar de la oscuridad o el que nos arrastra definitivamente al barro del tercermundismo.

Ambos tienen un entorno que le profesa una lealtad casi ciega y un respeto reverencial muy cercano al fanatismo. Todo cuestionamiento a su accionar es visto como un acto anti-patria, lo cual termina generando el proporcional efecto negativo: el que no se lo banca, no lo quiere ver ni respirar.

El Kun Agüero diciendo, luego del debut frente a Islandia, que “lo importante es no perder”, tiene su correlato político en el ministro de Hacienda y Finanzas, Nicolás Dujovne, declarando que “la inflación de este año puede estar alrededor del 27%. Pero puede ser menos, como aspiramos, o puede ser más”.

De salir a ganar, ni hablar. De precisiones, menos. Todo es a los ponchazos y confiando en aquella máxima formulada en tiempos mejores, que reza que “Dios es argentino”. Pero, cada vez más, notamos que aunque el embajador (católico) de Dios en el mundo sí sea de estas tierras, lo único que sirve es el trabajo coordinado y a conciencia, sostenido en el tiempo, desligado de toda ambición personal y enfocado a un bien común.

Nada de eso vemos en los últimos años en estos futbolistas esponsoreados hasta las orejas y con pocas ganas de abrirse a muchos esquemas, bajo el ala de una dirigencia que no se anima a cuestionar el “messianismo”. En el plano político pasa algo similar: la lógica de “nosotros o el abismo” deja una escala de posibilidades inexploradas por un país que, como la Albiceleste, por separado tiene todo para ser campeón, pero por algún motivo extraño, una vez reunido queda “esperar el milagro”.