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Hace casi dos meses, en el marco de un seminario realizado en la Legislatura porteña, el jefe de gabinete, Marcos Peña, planteó que "el gran desafío" que enfrenta América latina en estos tiempos es mostrar que la democracia "es el mejor camino para el desarrollo de las personas, salir de la pobreza y generar igualdad de oportunidades".

Más allá de consideraciones ideológicas que podrían hacerse, cabe reconocer que, en el caso particular de la Argentina, razón no le falta a Peña. Desde la histórica recuperación de la democracia, a fines de 1983, hasta la fecha, la deuda pendiente de los sucesivos gobiernos es, claramente, no haber embarcado al país en una senda de desarrollo real que fuera mejorando -lenta pero consistentemente- la calidad de vida de los habitantes de esta querida tierra.

Al menos dos generaciones de dirigentes dejaron pasar la oportunidad. Primero, la camada representada por los ex presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem. Su ciclo hizo eclosión a los 18 años de la democracia -entre 2001 y 2002-, tiempos de otros dos ex presidentes que también entrarían en esa generación (Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde). Después arrancó el segundo período, con la generación que representan Néstor y Cristina Kirchner y Mauricio Macri, es decir, quienes ahora tienen entre 55 y 70 años.

Hubo años de recuperación y crecimiento del PBI, pero no se plasmó en desarrollo real. Luego cambiaron las condiciones externas y todo volvió a complicarse, hasta llegar a este momento de estancamiento y dificultades financieras, aunque aún lejos de una situación comparable al fin de la convertibilidad.

¿Será la próxima camada, la de los Peña, Sergio Massa, María Eugenia Vidal, entre otros -o sea los de entre 40 y 50 años- la que finalmente encuentre el camino de congeniar el diálogo democrático con la acertada administración de recursos y reglas de juego que saquen adelante económica y socialmente a la Argentina? Puede que falte poco para empezar a constatarlo.