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Uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan las sociedades modernas -por fuera de los "macro" temas como la economía, la pobreza y el deterioro del medio ambiente- quizá sea el de aceptar las creencias y deseos del otro. Homosexualidad, familias monoparentales, subrogación de vientre, personas que eligen vivir sin el influjo de la tecnología, veganos...

La lista de estilos de vida "no convencionales" es larguísima. Pero ¿y la muerte? Poco se habla de un tema casi tan polémico como el aborto: "muerte digna", eutanasia y suicidio asistido son prácticas que ocupan escaso espacio en el debate público pero están cada vez más presentes.

Mientras la primera implica retirar el soporte que mantiene con vida a un enfermo terminal con su consentimiento o el de su familia y la segunda es que la persona muera por omisión o acción con o sin su consentimiento, en la tercera el propio sujeto decide cuándo y cómo morir.

Es lo que sucedió hace horas con el científico australiano David Goodall, de 104 años, que viajó a Suiza para tener una muerte "confortable y en paz", ya que el suicidio asistido está prohibido en casi todo el mundo. "No soy feliz. Quiero morirme. No es particularmente triste. Lo triste es que me lo impidan", había declarado días antes de partir escuchando a Beethoven y en compañía de su familia.

Este caso es otro ejemplo que cómo la legislación de los Estados va muy por detrás de las demandas de la sociedad, empujando a miles a actuar según sus convicciones, pero por fuera de la ley.