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Para los que siguen la fe cristiana, la Navidad es la fiesta que recuerda y celebra el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, en la historia de los hombres. Es la fiesta de la luz que sacraliza todo lo humano. "Desde que Dios se hizo hombre, el único camino para llegar a Dios es el hombre", decía sabiamente Juan Pablo II. Es fiesta de lo humano, de la familia, de los reencuentros, de los afectos. Es la capacidad de fluir en el amor y de derribar muros; es celebrar la sencillez de lo pequeño y lo cotidiano.

Pero para muchos es también un tiempo exigente de reuniones forzadas, de cansancio y de gastos inapropiados. Una fiesta que ha perdido su esencia y ha pasado a ser magia, turismo y consumo. Se aprovecha una fuerte tradición religiosa para transformarla en celebración sin contenido, vacía: tormenta angustiante de comida, bebida, ropa, regalos, pirotecnia. Un gran torbellino comercial desatado en los centros de compras. Nos incitan a consumir, a adquirir lo que no necesitamos y a gastar, incluso, hasta lo que no tenemos. Nada más lejos del mensaje de amor, solidaridad y fraternidad que nos trae la Navidad. Fiesta que, lamentablemente, se ha transformado sólo en un pretexto.

La otra fiesta

Sin embargo, queremos imaginarnos "otra fiesta posible": una fiesta que nos invite a hacer un viaje a nuestro interior, allí donde habita la Vida. Que nos lleve nuevamente a la esencia de la Navidad. Una celebración simple, solidaria, alegre, sin lujos, donde nuestros corazones no permanezcan impasibles ante tanto dolor y ante tanta injusticia. Una Navidad que nos ponga en marcha para construir otra Patria posible: más justa, más fraterna y más solidaria.

Decía el monje benedictino Mamerto Menapace: "No sabiendo ya qué hacer para que creamos en su amor, Tata Dios inventó el disparate de la Navidad". Ojalá nosotros no hagamos de esta Fiesta un disparate propio.