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En política, los adversarios no sólo son el obstáculo a superar, son una construcción necesaria y vital para mantener el eje de la discusión ideológica y direccionar los debates. El oficialismo arrasó en las dos últimas elecciones. 2015 sorprendió al apoderarse de la provincia de Buenos Aires, lo que le garantizó el balotaje a Mauricio Macri frente a Daniel Scioli.

2017 fue la consolidación: eliminó toda competencia posible para 2019: no sólo derrotó a Cristina Fernández de Kirchner jugando una carta mediocre como Esteban Bullrich, también venció a gobernadores opositores, duros y dialoguistas. Lo señalamos en diciembre, con el terreno político allanado rumbo a 2019, el gobierno deberá dar la batalla que hasta ahora más le costó: la económica.

Desde entonces, se derrochó el capital político, al tiempo que se perdieron logros en variables centrales: la inflación cerró 8 puntos arriba de lo proyectado el año pasado, y se cambió la meta para el que arrancó, algo que, por cierto, ya quedó casi cinco puntos por debajo de lo que estiman consultoras privadas nacionales y extranjeras.

Para colmo, la gira por Francia, Rusia y Suiza no trajo resultados concretos: sí palmadas en la espalda, pero inversiones para generar "trabajo de calidad", por ahora nada. Con el arranque de febrero, las paritarias ocupan el centro del ring. El affaire Jorge Triaca y la batalla abierta contra Hugo Moyano, por la reforma laboral, pusieron en alerta máxima al gabinete nacional, que llegó a proponer un aumento salarial del 15% sin cláusula gatillo. Eso, hoy, parece imposible.

En ese contexto, la marcha del próximo 21 podría ser el mejor alivio político. Hablar del sindicalismo corrupto, asociarlo al peronismo y definirlo como "aquellos que buscan frenar el cambio", será el escenario ideal para salir del pantano económico y aprovechar una foto que agrupe a todo aquello que temen muchos electores: sindicalistas asociados al kirchnerismo.