Ivana Rosales, una luchadora cuya muerte no apareció en los primeros planos.

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@AnaliaCab

Desde que la Argentina comenzó a gestarse a partir del puerto de Buenos Aires, lo importante surge y se resuelve de este lado del mapa. Ese espíritu centralizador, que está en nuestra génesis, se mantiene a pesar del paso de los años y nuestra evolución cívica. Motorizado por las tecnologías de la comunicación, todo lo que pasa en la capital del país ocupa exageradamente la mayor parte del espacio en noticieros, ciclos de debate y redes sociales.

A apenas dos semanas de su criticado episodio “arbolístico”, volvemos a dedicarle miles de caracteres e improperios al ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Sergio Bergman, porque se le ocurrió comprar dos smart TV en Chile, algo que hacen todos los argentinos que pueden juntar un mango y cruzar la cordillera.

Sin embargo, pocos medios porteños se molestaron en informar sobre la muerte de Ivana Rosales, referente neuquina en la lucha contra la violencia de género. Quizá porque Neuquén y sus hermosos cerros quedan demasiado lejos de esta vapuleada llanura, no se preocuparon por contar la tristísima historia de una mujer de 41 años, que estaba embarazada y apareció muerta en el baño de su casa, presuntamente a causa de un ataque de epilepsia.

Rosales tenía este problema de salud a raíz del golpe en la cabeza que le aplicó su marido, Mario Garoglio, cuando intentó matarla en 2002. Si bien fue una de las tantas que sufren la omnipotencia y agresividad de sus parejas, vale la pena su ejemplo, porque mientras ella ya está bajo tierra, el desalmado al que alguna vez amó gozó de todos los privilegios que nuestro sistema judicial provee a los criminales.

A Garoglio lo condenaron a sólo cinco años de cárcel. Mientras el universo esperaba que la sentencia quede firme, él se fugó, nunca lo buscaron, y la causa prescribió sin que cumpliera un solo día en la cárcel. Pero había más. También fue hallado culpable del abuso de las hijas que tenían en común con Ivana. Una de ellas, Maica, se suicidó siendo adolescente.

Que la bestia que arruinó -y puso fin- a otras vidas, indefensas frente a su brutalidad, pueda circular en libertad es un puñal clavado en el pecho de todos los argentinos, que sin embargo gastan saliva y tiempo en preocuparse por quién entrevistará a Cristina Kirchner o cuál es el último pifie de algún funcionario. Los medios que homogenizan sus contenidos en este sentido le restan importancia a esas cosas que realmente nos definen como sociedad y continúan allí, imperturbables.