Todos los barrios de Buenos Aires tienen duendes, aunque también roedores. Tal vez la City Porteña sea el (sub) barrio que más roedores posee y en el que se hace más difícil hallar duendes.

En la City Porteña resulta complicado ver niños jugando y mucho más aún adultos amando (No hay registro de que alguien haya dicho te amo por sus calles). Allí se hace normal encontrar hombres y mujeres vendiendo el mundo, fenicios poniéndole precio a cosas que nadie realmente necesita, pistoleros de Western reencarnados en traje y corbata, errando por un desierto colmado de bancos y casas de cambio.

Es muy difícil hallar un patio, un juguete, alguien que regale un caramelo, un hombre con un ramo de flores esperando en una esquina enamorar a alguien. Hay muy pocos árboles - quedan excluidos los arbolitos del “cambio - cambio” - y los pocos que hay dan frutos que ni siquiera algún Adán se atrevería a probar, sus pájaros cantan sin que nadie los escuche, su hermosa arquitectura no consigue modificar la bancarrota espiritual que gobierna sus calles.

Sin embargo, ante semejante panorama un ángel urbano hace nido en este (sub)barrio sin alma de barrio. Es Rogelio, el vendedor de sándwiches de salame. Un setentón que desde hace veinticinco  años elude a los fantasmas de traje y le pone un poco de vida a sus calles.

Rogelio tenía una pequeña fábrica de zapatos, pero cuando los adictos al uno a uno, abrieron las importaciones, no tuvo más remedio que cerrar la fábrica. Luego de errar de changa en changa, de manejar un remis, de ser asador en un parripollo, las circunstancias lo acercaron a la City Porteña, donde descubrió que a ese barrio le faltaba sabor a vida.

Para Rogelio el sándwich de salame siempre fue el sabor de la primera casa, su padre albañil se lo llevaba envuelto en diario. Su madre se  lo preparaba cuidadosamente. Rogelio asegura que la combinación del salame y la manteca produce algo similar a lo que la espinaca de Popeye. Para él, el sándwich de salame hace mejor a las personas. Los regresa al sabor a casa, en medio de calles colmadas de forasteros.

Rogelio sabe que nadie se siente del barrio de la City, de hecho no hay un solo hincha de un club de fútbol llamado La City Porteña y nadie asiste a un baile de la sociedad de fomento con similar nombre. Y ésto es porque no hay quien se haya sentido lo suficientemente identificado con ese barrio para fundarlos.

Como si fueran los antiguos pregones con los que en la colonia vendían pastelitos calientes, Rogelio transita las calles Mitre, Reconquista, San martín, ofreciendo algo de sol en medio del invierno bancario: “Póngale un poco de madre a un día tan lleno de orfandad, sándwich de salame con sabor casero en medio de bancos, impuestos y guardias de seguridad”.

En el año dos mil, llegó la comitiva del FMI a La City Porteña y un funcionario del ministerio de economía quiso darle un toque de color y acercó a los verdugos del Fondo ante Rogelio para que probaran sus sándwiches de salame, pero Rogelio se negó a venderles: “Mis sandwiches de salame son para buenas personas, nunca le vendería uno a los que jamás hubieran sentado a mi padre en su mesa”.

El vendedor de sándwiches de salame ante esto explicó que le ha pasado de todo en la vida, pero hay algo que jamás le ha ocurrido: “nunca , ni en los momentos de mayor desesperación , puse en venta mi corazón”.

En tiempos en los que que la tilinguería se apropia de los menúes de los restaurantes de la City Porteña  y al pastel de papa lo llaman alfajor de carne y papá, y hacen de las fondas laboratorios de comida macrobiótica, Rogelio prosigue vendiendo sándwiches de salame, manteniendo sus principios entre la muchedumbre resignada, y paseando su corazón desnudo entre gente que hace tiempo ha blindado su alma.