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Sólo un milagro evitó que el incendio ocurrido en la localidad de San Justo no se convirtiera en tragedia. Cinco heridos no parece un saldo grave habida cuenta del estremecedor relato de los vecinos, muchos de los cuales temieron por su vida, en un episodio que no es el primero y seguramente no será el último, en tanto y en cuanto este tipo de fábricas sigan funcionado en el corazón de centros urbanos.

Llamas que pudieron observarse desde el centro porteño, vecinos que percibieron el cimbronazo en un radio de dos kilómetros, 20 dotaciones de bomberos trabajando a destajo, pintaron un panorama aterrador en un lugar densamento poblado. Todo control y medida de seguridad que intente implementarse, es menor frente al riesgo que implican los lugares cerrados donde se manejan cierto tipo de materiales combustibles, donde algún error humano o determinado factor climático -entre otras tantas posibilidades- puedan provocar un siniestro de enormes características.

Seguramente las políticas en la materia no podrán generarse de un día para otro pero es necesario legislar en función del peligro que representan esas bombas en medio de la ciudad. Generalmente, y como casi siempre ocurre, estas situaciones trascienden y cobran notoriedad cuando suceden. Por eso y como decía la abuela al momento de hablar de prevención: "Cuando se está en medio de la adversidad, es tarde para ser cauto".