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La relevancia del debate sobre el aborto es genuina y tampoco excluye que, al afirmarlo, se consideren “inocuas” las estrategias políticas respecto de ampliar el temario de la discusión pública cuando la economía, sobre todo, se complica a punto de alejarse de los eslogans pregonados por este gobierno u otros.

No es secreto de Estado que el cotillón de campaña por seducción al electorado existe, como también que algunas mentes -con expresión célebre- a título de ser consideradas, realzan esta potestad de tratar un tema delicado, repasando los libros de la buena memoria. Es un debate amplio, pendiente y que se merece.

Incluso, cuando casi a punto de rezongo, debemos tomar nota de que los medios, a lo largo de la democracia recuperada en 1983, sembraron otros temas que se instalaron como esenciales sin serlo y desde la era de las redes mucho más, vía computadoras o teléfonos celulares.

La cuestión de fondo, el aborto, es una discusión merecida y exigente. Aun a riesgo de que atraviese convicciones religiosas, historias de vida, la pobreza misma y otros puntos. Desde la esperanza quizás y no la precisión, se espera el debate que enaltezca, como ocurrió en el momento de discutir sobre el divorcio.

La exigua expectativa apunta a que la discusión pública viene devaluada, el proceso y cárcel del ex presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, es sólo una muestra resumida de que no hay treguas para discutir lo que sea, con perfiles más propios de una tribuna no ya de fútbol, sino de una riña de gallos, o con la voracidad que combatían los gladiadores en la Roma antigua.

Lo consideramos no desde el aliento a los temas o cuestiones de moda, sino al necesario ejercicio de que hay un pensamiento crítico que nos espera, y no es otro que aportar elementos a lo que podamos razonar, los ciudadanos y nuestros representantes. Quienes, al fin y al cabo, surgen o deberían hacerlo, desde la misma sociedad que nos cobija.