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@ernestohadida

"Estamos poniendo a la Argentina en un lugar relevante en el mundo, un mundo al que le inspiramos confianza, porque ven que estamos en el camino correcto”, afirmó ayer el presidente Mauricio Macri, al asumir formalmente y por un año la presidencia del G20.

Lo cierto es que las palabras del mandatario argentino reafirman el rumbo del país en un camino de ingreso pleno a la globalización, donde Argentina también aspira a ingresar a la OCDE y a seguir los lineamientos del FMI.

Sin embargo, la travesía no será fácil. Y es que mientras el gobierno argentino insiste en abrir su economía, Estados Unidos y Europa se cierran cada vez más. El mejor ejemplo de esto es el proteccionismo agrícola de los dos países, que hace que la Argentina registre el mayor déficit comercial de los últimos 23 años.

Así las cosas, las cifras del intercambio comercial con los grandes países del mundo hacen evidente que la estrategia aperturista de la Argentina, basada en el paradigma de la cooperación económica, pareciera ser sólo deseos criollos.

Como ejemplo de la falta de voluntad de los países más grandes del mundo, sólo hace falta observar la marcha del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, que se dilata cada vez más (y que empieza a ser criticado incluso por los industriales argentinos, que sienten que abrirles la puerta a los productos europeos es la “libertad del zorro en el gallinero”), o la decisión del Departamento de Comercio de Estados Unidos de cobrar aranceles prohibitivos (57% en promedio) a las importaciones de biodiésel provenientes de Argentina.

Ventas que significaron el año pasado el 25% de las exportaciones al país del norte. Considerando estas realidades, sería esperable que el gobierno rediseñe en los próximos meses su estrategia comercial y discursiva de alineamiento automático con Washington, de cara a un escenario internacional que no se parece en nada al que supo transitar Carlos Menem en los años noventa y que, desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, es mucho más proteccionista que el de su antecesor, Barack Obama. Porque, después de todo, pese a que nuestros deseos nos digan lo contrario, la única verdad sigue siendo la realidad.